2017(e)ko maiatza 19, ostirala

Alta Edad Media. Siglo VI

507 – La centuria comienza con la instalación definitiva de los visigodos en Hispania, al verse derrotados por los francos en Aquitania (Vouille). La tierra de los vascones se convierte en zona fronteriza, quedando a caballo entre las dos grandes potencias del momento, francos y godos. La inestabilidad se recrudece.

Los bárbaros fueron formando reinos independientes en los cuales se anteponían rasgos diferenciadores que resultaban muy incómodos y hostiles para los campesinos conquistados. En un principio, los godos quisieron evitar el mestizaje: eran arrianos o paganos, portadores de una lengua de origen germánico, de civilización y tradiciones diferentes y de una legislación que prohibía el matrimonio entre los suyos y los habitantes de las provinciales conquistadas. El abismo entre el mundo hispanorromano y el bárbaro, el grado de civilización que los separaba, era inmenso. De hecho, la unión entre ambos mundos no comenzó a esbozarse hasta mediado el siglo VI, aunque parece que en territorio vascón nunca llegó a consumarse. Los suevos, germanos que habitaron la zona gallega y asturleonesa desde un siglo antes y alternaban el arrianismo y el catolicismo, se mostraron también reacios a estas uniones y exigieron una defensa común contra los nuevos invasores.

2017(e)ko maiatza 17, asteazkena

Alta Edad Media. Siglo V


Introducción

Juan Antonio Quirós, hablando del paisaje altomedieval del País Vasco, remite a trabajos como los de Besga o Collins para asegurar que “el periodo tardoantiguo-altomedieval ha sido identificado por algunos autores como una verdadera bisagra, puesto que sería el momento en el que se gesta el particularismo de los vascos […] o se crean las condiciones para que perdurase la identidad vasca hasta la actualidad” (JAQ, pág. 29).
Penetrar en la historia altomedieval vasca ha sido hasta hace bien poco una tarea bastante ingrata, dado los pocos datos de que disponía la historiografía para analizar el tema con detalle. El puñado de testimonios que nos ha llegado por medio de las crónicas visigodas y francas no bastaba para sentar una teoría que sirviera de orientación a la hora de trabajar en una determinada dirección. Todo lo que se escribía, en mayor o menor medida, generalizaba. Los trabajos recurrían, irremediablemente, a los tópicos como consecuencia de la falta de datos que hablaran de aquellas comunidades. Si uno quería escribir un ensayo sobre el tema no tenía más remedio que imaginarse aquella vida.

2017(e)ko apirila 21, ostirala

Barskunes


que a nosotros, que nacimos de celtas y de iberos,
no nos cause vergüenza, sino satisfacción agradecida,
hacer sonar en nuestros versos
los broncos nombres de la tierra nuestra.

(Cita de Marcial, poeta de Bílbilis /Calatayud[1])


Se tiene por costumbre asegurar que los vascones irrumpen en la Historia en el año 76 a. C. Es en esta fecha la primera vez que los cita Tito Livio en un episodio de la guerra entre Sertorio y Pompeyo en la periferia de Calahorra.
Sin embargo, el etnónimo de los vascones ya se había atestiguado con dos variantes, barskunes y baskunes, unos cuantos años antes, hacia el 140 a. C[2], con motivo de la acuñación de monedas que se realizó en los establecimientos oficiales creados a tal efecto por los romanos.

2013(e)ko azaroa 29, ostirala

Euskarazko jainkotasunaren izenak: zonaldeko kultura eta ekonomia aberastasun iturria.

Koldo Colomo

Euskararen presentziak milaka urteko ibilbide luzea du gure ibarretan. Horren lekuko argienak toki, mendi eta ibai izenak ditugu. Hala ere, kasu gehienetan izen mota hauek bi mila urte inguru irautea ez da erraza. Alabaina, harrietan zizelkaturik beste izen misteriotsu batzuk ditugu Nafarroako erdiko zonaldean, Erroma garaiko euskaldunek utzi zizkigutenak, hain zuzen ere, gizabanako izenak eta jainkotasunen izenak. Lehenengoak, antroponimikoak edo pertsona izenak izanik, Akitanian, Aragoin, Sorian eta Araban egoteaz gain Nafarroan zenbait tokitan topatzen ditugu, besteak beste, Ummesahar, Agirseni, Abisunhar. Horretaz gain iberiar izenak euskara moduan ahoskaturik ere baditugu gertu, esaterako, Urchatetelli Andelon. Hilarrietan agertzen diren pertsona izenez aparte bereziago eta berezkoa den fenomeno bat agertzen zaigu Nafarroako erdi aldean; jainkotasunen izenak. Fenomeno honek, gainera, euskal sinesmenen berri ematen digu, hots, I. eta III. mende bitartean bizi ziren euskaldunek zeri edo nori egiten zioten gurtza jakin genezake eta euren kosmobisioaren nondik norakoak.

2012(e)ko azaroa 3, larunbata

El euskera arcaico

La denominación de euskera arcaico se corresponde con la lengua testimoniada por las diferentes inscripciones vasconas encontradas en territorio aquitano y vascón hasta el siglo III d. C. Al euskera hablado anteriormente se le denominaría protoeuskera, siendo un idioma que en principio sólo podría ser reconstruido teóricamente, y al posterior, euskera común, medieval, clásico, moderno o batua, dependiendo de la época a la que se haga referencia. Esta clasificación está basada en el libro El euskera arcaico de Luis Núñez Astrain al que con frecuencia haré alusión.

La tipología del euskera no se asemeja en nada a la de todos los demás idiomas de su entorno. En Europa todos los idiomas son indoeuropeos. Lo que quiere decir que provinieron de Asia entre el segundo y el primer milenio a. C. y que tienen, por lo tanto, una afinidad con el sánscrito, la antigua lengua sagrada de la India. Las únicas excepciones europeas actuales a este hecho son el euskera, el finés y las lenguas caucásicas.

Los vascones

Una vez identificados y situados los originarios barskunes en el abigarrado universo tribal que suponía el territorio pirenaico occidental, voy a pasar a describir el papel que desempeñaron los vascones en el espacio romano, una vez que estos ya se encontraron totalmente asentados en la península. Pasemos a narrar sus andanzas y enumerar los rastros que dejó su lengua, el euskera, en los acontecimientos que tuvieron lugar en época romana.
El Ebro era la vía natural por la que habrían de ascender los romanos hasta la tierra de los vascones. Los ilergetes ibéricos eran entonces el pueblo que se hacían valer como guardianes de esta vía. Pero estos fueron derrotados en el 205 a. C. en una batalla en la que fallecieron Indíbil y Mandonio, sus dos grandes caudillos. Los romanos continuaron ascendiendo por los desfiladeros naturales, hasta alcanzar la ciudad de Jaca en el 195 a. C. Con la ayuda de suesetanos y sedetanos, pueblos cercanos que hasta entonces se habían mantenido como “socii populi romani”, Catón conquistó y derrotó a los jacetanos. Pocos pueblos hubo en la península que disfrutaron del honor de ser denominados con el calificativo de “socios del pueblo romano”. A pesar de ello, se debieron de torcer las cosas para estos dos pueblos, porque poco después la situación cambió, los romanos arrasaron Corbio, principal ciudad suesetana, y fueron derrotados y vendidos como esclavos. Pueblos, ciudades y etnias desaparecieron de la historia para siempre. No sucedió así con los vascones, que entonces no se nombraron durante estas luchas de conquista, pero que, sin embargo, Ptolomeo los sitúa como valedores de la ciudad de Iacca y Segia (Ejea de los Caballeros) en su “Guía geográfica” del siglo I d. C.

2012(e)ko azaroa 2, ostirala

Las comunidades indígenas

Antes de comenzar a hablar de los vascones me ha parecido conveniente hacer un repaso sobre el modo de vida de las comunidades indígenas que habitaron Navarra durante el largo periodo del Neolítico, la Edad de Bronce y la Edad de Hierro.
Con el concepto de “comunidades indígenas” se pretende designar a las poblaciones que ocuparon el hábitat navarro durante la etapa anterior a la llegada de las primeras legiones romanas hacia el siglo II a. C. Hay quien duda de que estas poblaciones pudieran ser los antecesores directos de los vascones. De todas formas, no hubiera sido acertado utilizar esta denominación ya que estos no irrumpen en la Historia hasta el año 75 a. C., cuando se les cita por primera vez en un episodio de la guerra entre Sertorio y Pompeyo. Estos vascones conformarían, durante la dominación romana, una etnia de idiosincrasia propia que acabó, como todas las demás, engullida por la personalidad asfixiante que ejercía la autoridad romana. Ante la apabullante superioridad tecnológica, cultural y organizativa del mundo romano la historiografía tradicional nos ha representado a estos grupos indígenas, ya fueran vascones o no, como un conglomerado de colectividades desorganizadas y culturalmente retrasadas. Sin embargo, si estudiamos a las comunidades indígenas predecesoras en un contexto de soberanía, al margen de todo lo que ocurrió con la llegada de sistema administrativo romano, la lectura que extraemos es otra muy distinta.

2012(e)ko uztaila 22, igandea

Txoria Garestik aldendu zenekoa edo munduko aniztasunaren galera

Koldo Colomok idatzitako artikulua

Zer da hiztun komunitate batek galtzen duena hizkuntza galtzen duenean? Behin baino gehiagotan nire buruari galdera hau egin diot. Fenomeno hau XIX. mendearen bigarren erdialdean gurean gertatu bada ere, inork ez du aztertu euskararen galerak zer ondorio ekarri zituen. Ez da kontu erraza jazotako galeraren tamainaz jabetzea, ezta galerak ekarri zuen desoreka sozialaz, kulturalaz eta sikologikoaz ere. Urte askotan zehar Izarbeko herritarrok uste izan dugu hemen ez zela inoiz euskaraz egin, batzuek oraindik orain kolokan jartzen jarraitzen dute errealitate hori euskararen presentziari garrantzia kendu nahian. Zoritxarrez amnesia hau pentsamendu politiko baten ondorioz zabaldu zen, identitate bat ezabatu nahian.

2012(e)ko martxoa 16, ostirala

DICCIONARIO DE VALDIZARBE Y VALDEMAÑERU. Léxico patrimonial actual: euskera y castellano

Autor:

Fernando Pérez de Laborda

Colaboradores:

Koldo Colomo
Alberto Beriáin
Jon Erice
Nacho Aldaya
Joaquín Azparren
Julio Laita
Txaro Etxetxipia
Anuntxi Etxetxipia
Esteban Armendáriz
Antonio Alcalá





Pincha sobre este link para consultar el diccionario de Valdizarbe y Valdemañeru:

PINCHA AQUÍ:  DICCIONARIO



Durante la elaboración de este diccionario he chocado, a menudo, con la reticencia de los interlocutores a expresarse como antaño, con el lenguaje que utilizaban de pequeños. Yo, en el fondo, no quería más que oír salir de su boca el idioma que se hablaba antes, el que ha quedado en su subconsciente, pero me resultaba tremendamente difícil hacérselo entender. No querían ni oír hablar de palabros que ya nadie utilizaba o que estuvieran mal pronunciados. Y cuando ya los tenía bien aleccionados (¡Que viene el maestro!, decían; ¡Si aquí el alumno soy yo!, les contestaba), llegaba un nuevo informante y ponía patas arriba todo el gallinero al comentar que no se decía ‘puga’, sino ‘púa’.
Uno de mis informantes me llegó a comentar incluso que hablaba ‘torcido’. No percibí el significado que encerraba esta palabra hasta que acudí al Atlas Lingüístico y Etnográfico de Aragón, Navarra y la Rioja de Manuel Alvar (ALEANR) y vi la pregunta que se planteaba en la lámina 5 sobre el ‘nombre del habla local’. Los dos informantes de Añorbe aseguraban que hablaban ‘a lo bruto’ y ‘torcido’. Me pareció relevante observar la minusvaloración de un idioma propio que causa en el hablante una inseguridad que admite sumisamente, como disculpándose de que su lenguaje no fuera el correcto. Como comenta Carmen Saralegui al analizar esta lámina (CS, pág. 542): “También aparece en el ámbito rural navarro, como en otros hispánicos, la consideración del habla propia con una especie de complejo de inferioridad, teniendo conciencia de su deficiencia con respecto de la lengua ciudadana”.
La lengua ciudadana, la lengua de la ciudad, en contraposición con la del campo. Sólo con ‘contimparar’ los matices adicionales que generan palabras como ‘ciudadano’ y ‘aldeano’, uno se puede hacer a la idea de por dónde van los tiros.
En Navarra no había, en aquellos años sesenta, conciencia de idioma propio más allá de los dos idiomas que habían predominado en los últimos siglos: el euskera y el castellano. Así es como figura en el mapa de la lámina 5 de Alvar arriba mencionada. 21 informantes afirman hablar castellano o erdera y 13 euskera y sus dialectos. Pero, como comentaba, también hay, al este de la Zona Media, 7 informantes que afirman hablar ‘a lo bruto’, ‘basto’, ‘torcido’, ‘baturro’ o ‘soltar párrafos’. Solo uno dice hablar español y ninguno navarro.
Quizá este lenguaje ‘torcido’ que mencionan los informantes pretenda albergar la idea de que este sea una pequeña amalgama de varias lenguas, unas desaparecidas de la zona hace poco (el euskera y el navarro) y otras que se fueron haciendo un hueco, pero que llegaron tarde y mal (castellano), conformando entre todas un idioma propio de nombre no muy bien definido, o de una definición tan local como pudieran ser los diferentes nombres de un mismo río. Demostrar que este lenguaje ‘torcido’ también tiene sus reglas ha sido una de las tareas que me he propuesto con el apéndice final.
Cuando comencé el diccionario, mi primer planteamiento no fue más que querer seguirle el rastro a las palabras vascas que aún quedaran en la memoria de nuestros mayores. Pero enseguida me di cuenta de que el idioma de nuestros mayores no diferenciaba entre voces vascas y castellanas, y de que ellos disfrutaban de un idioma propio o ‘torcido’, que es el que he querido registrar aquí. Separar ambos idiomas me resultaba muy difícil, por lo que opté por incluir las voces castellanas que iban quedando en desuso. Me pareció que no se debía desvincular unas de otras, dado que el siglo XX había sido el de la confluencia de ambas lenguas, creando un léxico propio y singular. Esta misma fue la razón por la que decidí utilizar la grafía castellana, salvo en contadas excepciones, porque utilizar las dos no hubiera sido fiel al contexto en el que se desarrollaron al principio del siglo XX. Las voces como kiliki o toki, que son comúnmente aceptadas, he preferido incluirlas con la grafía vasca. De cualquier manera, utilizar las dos grafías hubiera creado demasiada confusión.
Para comprender este proceso de confluencia de lenguas, convendría hacer un par de puntualizaciones. Desde una situación de bilingüismo que se había implantado en la sociedad hacia el año 1800, se logró, en 100 años, la desintegración del euskera por la presión del castellano. La pérdida de los ámbitos sociales e institucionales de uso del euskera y su posterior desprestigio condujeron irremediablemente a la interrupción final en la transmisión, que se dio, en nuestro caso y según los datos, hacia 1860, muriendo los últimos vascoparlantes en la década de los treinta del siglo XX (FPL1). En el proceso que se desarrolló durante el siglo XIX acaecieron, desde el punto de vista lingüístico, una serie de pasos inevitables e inherentes a la propia desintegración: desde el primer periodo de bilingüismo en donde los dos idiomas coexistieron y se aportaron mutuamente, al final uno fue absorbido por el otro y acabó disolviéndose en él. Este es un proceso que, por lo general, puede durar siglos o incluso milenios (la hidronimia es la última rama del idioma que permanece viva por más tiempo), aunque dados los últimos datos de escolarización parece que el proceso se vaya, poco a poco, invirtiendo.
Fue Bonaparte el que, ya en 1860, registrara tantas voces castellanas en el euskera de la zona: “Iñaki Kamino filologoak dioen bezala, Bonaparte printzeak Garesko euskara ediren zuenerako, ibarrean hizkuntz ordezkatzea gertatzen ari zen euskararen kalteta" (AA1, pág. VI). Voces como agüela o sietenbre estaban ya comúnmente extendidas, determinándose una evolución parecida a la que ocurrió con la zona de Vitoria/Gasteiz cuando Landuchio publicó su Dictionarium en 1562 (AA1, pág. XIII). De la misma manera que penetraron las voces más comunes, los nombres genéricos, en el habla vasca, los nuevos cultismos castellanos tardaron mucho tiempo en ser asimilados por este nuevo idioma, sobre todo cuando se trataba de vocablos que ya apenas se usaban: nombres de plantas, animales silvestres o aperos del campo. Algunas de estas voces vascas ni siquiera llegaron a sustituirse por perderse, de manera irremediable, la función que cumplían en el rico contexto que los unía a las costumbres y tradiciones de la comunidad. Y así mismo se van desvaneciendo, irremisiblemente, ante una generación que no distingue entre plantas, pero sí entre aplicaciones para Android.
En esta inevitable simbiosis en la que confluyeron los dos idiomas acabaron por corromperse, primeramente, las voces castellanas para integrarse fonéticamente en el idioma vasco, de la misma manera que, más tarde, se corrompieron las voces vascas para poder adecuarse a las particularidades fonéticas que regían en el nuevo idioma castellano.
La época de exclusión y desacreditación en la que se vio sumido el idioma vasco durante el siglo XIX y buena parte del XX, no pudo evitar, por consiguiente, que el habla de uso común durante siglos siguiera presente entre los nuevos hablantes castellanos por medio de arcaísmos vascos que no eran fácilmente sustituibles. Y no sólo hablo del léxico semántico, sino también de apellidos, nombres de casas, topónimos, pseudónimos, etc., que daban una buena muestra de la presencia que había tenido el idioma hasta hace bien poco.
La lista es larga y probablemente se podrían aportar miles de datos sobre el euskera de la época ateniéndonos exclusivamente a analizar los nombres de los términos de ambos valles. Aunque la zona no hubiera estado densamente poblada, la distribución esparcida de los poblamientos originaba gran cantidad de topónimos que iban variando con las generaciones. La función de estos topónimos no era otra que la de orientarse en un lugar que era comúnmente transitado por los lugareños. Estos topónimos menores eran generalmente locales y desconocidos fuera de su radio. La mayoría de ellos son descriptivos y se vinculan al mundo más inmediato. A consecuencia de este tránsito, cada realidad geográfica y cada pequeño paraje, finca o corraliza era personalizada con un nombre generalmente compuesto y que, en nuestro entorno, como ya he dicho, se pueden contar por miles. En su momento ya fue estudiado por Jimeno Jurío y los datos están a disposición del internauta en http://toponimianavarra.tracasa.es/
En cuanto a los nombres de las casas se ha realizado un estudio en el que he tenido la oportunidad de colaborar y que ha sido publicado en el 2014 (véase bibliografía, CVV), con los nombres de más de 2000 casas actuales y antiguas de ambos valles.
Pero toda esta onomástica tiene la particularidad de componerse de vocablos que han perdido su sentido léxico. Ya nadie sabe lo que significa su apellido y pocos son los que saben el verdadero significado de la palabra que designa a su pueblo. En algunos casos, como ocurre con el topónimo Gares, ni siquiera está claro.
Pero no ocurre lo mismo con el léxico patrimonial vasco que todavía permanece vivo en el habla castellana de la zona. El diccionario que aquí presento es un exponente de la riqueza que todavía atesora la tradición oral a la hora de analizar el patrimonio cultural de ambos valles. No estoy hablando, por consiguiente, de legajos y hatillos polvorientos conservados en algún archivo, sino de información recogida en boca de más de 100 informantes a partir de 1950. El empeño que he puesto en analizar y, sobre todo, contextualizar cada palabra, que cobra vida por medio de los colaboradores, para que no se quede en un mero término vacío de contenido, hace que este trabajo sea casi más un estudio sociolingüístico de una sociedad que un simple vocabulario.
El trabajo es el resultado de un extenso registro de voces recogidas de 14 fuentes escritas diferentes, algunas de ellas publicadas y otras inéditas, y otras muchas que he ido recopilando yo para completarlo, mediante grabaciones orales realizadas a grupo de ancianos y ancianas del valle. Aunque algunas de estas voces vayan quedando en desuso, otras nos siguen resultando muy familiares. Ciertas voces serán muy difíciles de sustituir porque demuestran, por su expresividad, una estrecha vinculación con determinados fenómenos casi exclusivos de nuestra tierra, como es el caso del sirimiri, en otras regiones llamado ‘calabobos’.
El euskera que utilizaron nuestros mayores, como cualquier otro idioma, se dejó influenciar con naturalidad, recurriendo a préstamos extranjeros cuando lo requería. Las últimas novedades y los objetos más prácticos fueron traspasando fronteras por razón de su funcionalidad y con frecuencia llevaron consigo adherido el nombre que lo definía. La función del idioma receptor es siempre adaptar la nueva nomenclatura a la fonética propia, adecuarla a la movilidad de la lengua en su sentido más literal. Unas ochocientas voces de este diccionario se pueden considerar propiamente vascas. Pero otras tantas son adaptaciones forjadas en no sé qué pretérito tiempo y no sé qué extraño lugar. A algunas es fácil seguirles el rastro. La prenda llamada ongarina, un tipo de capa procedente de Hungría, lleva implícita en ella misma su lugar de origen. La capana, 'choza' en latín, ha sido hasta hace bien poco una palabra comúnmente utilizada y que durante dos milenios fue fiel a su etimología latina, aunque después se impuso la variante fonética castellana: cabaña. Otras palabras encuentran su origen en las profundidades del tiempo, a pesar de que se nos hagan muy coloquiales: la segunda parte de la voz aguachirri es prerromana y está seguramente vinculada a otras muchas que ya van desapareciendo: alchirria, zirria o zirriau.
La recopilación de datos que hizo Alvar sobre todos los ámbitos de la vida diaria en 1968 en Añorbe, ofrece algunas perlas como la voz ibirico, ‘idi-buruko’ en euskera, con la que se designaba a la collera del buey. Esta fuente me parece importante por su concepción. Alvar plantea el trabajo por láminas que representan un mapa en el que se recogen las variantes léxicas y fonéticas de cada objeto en todos y cada uno de los 125 pueblos encuestados en las tres comunidades. De esta manera resulta muy fácil seguir el rastro y la extensión de un vocablo concreto. En muchos de los casos Añorbe ha resultado ser la voz más meridional para las voces vascas.

Foto tomada del libro de Manuel Alvar en la que se aprecia la distribución por pueblos. La linea meridional general de la mayoría de las voces vascas se puede trazar entre Eulate, Añorbe y Javier.

El vocabulario navarro que José María Iribarren recogió durante los años cincuenta es una fuente fundamental para entender este léxico. Él fue el primero que se molestó en compilar un diccionario que, a decir de los entendidos, es un trabajo único en su género. La verdad es que se puede concebir a Iribarren como un pequeño visionario, consciente de la importancia de los vasquismos en el habla castellana de muchas zonas de Navarra. Él quiso integrar todas estas voces en el diccionario a pesar de los tiempos difíciles que corrían para la lengua. Así lo testimonia en el prólogo de la primera edición de 1958. Por sus méritos fue reconocido como miembro de Euskaltzaindia. En este léxico que aquí presento quedan registradas más de 400 palabras recogidas por él, muchas de las cuales también han sido corroboradas por las distintas fuentes que me han ido llegando de todo el valle. Pero que en Añorbe al refrigerio se le llame chanchaco o a un tipo de árbol ipuru, eso es algo que sólo él menciona. Su diccionario me ha servido en muchas ocasiones para encontrar referencias que de otra manera hubieran sido muy difíciles de rastrear. Muchas de sus voces recogidas en Valdizarbe han sido corroboradas por el documento privado que me entregaron en Añorbe. De hecho, el que fuera antiguo maestro e informante de Iribarren es una de las principales fuentes de este documento privado.
La tercera fuente principal de este léxico hay que destacarla por su valor científico y su trabajo de metodología. El “Estado actual de la onomástica botánica popular en Navarra” de Javier Irigaray Imaz es una tarea ingente, escrupulosamente sistemática, y que sin duda servirá, algún día, para aclarar algunas diferencias dialectales del euskera en Navarra. Las encuestas realizadas en los años setenta, a pie de camino, a los pastores de Valdizarbe y Valdemañeru, son tan sorprendentes y admirables que el mismo Irigaray no tiene más remedio que deducir y reconocer “lo reciente de la pérdida del vascuence como lengua de uso común en Valdizarbe”. Los correspondientes cultismos castellanos todavía no habían penetrado en el valle, e incluso se habla de lo realmente insólito de algunas voces, como saras para sauce, orrea para enebro o korostia para acebo, que son los registros más meridionales encontrados por él en todo Euskal Herria.
He tenido en cuenta también otros trabajos como el estudio etnográfico de Obanos elaborado por María Amor Beguiristáin y Fco. Javier Zubiaur, el vocabulario popular de Luís Bacáicoa publicado en la revista Entorno, el libro de Jesús Alegría Armendáriz sobre Artazu, el libro sobre la historia de Enériz escrito por Rafael López Velasco y un cuadernillo particular con varias anécdotas y un pequeño diccionario publicado por Lorentxi Pérez Ugarte en Puente la Reina.
Pero a quienes, de verdad, debo agradecer este diccionario, sin cuya colaboración hubiera sido imposible, es a las siguientes personas: Koldo Colomo y Alberto Beriáin de Gares, Jon Erice de Uterga, Nacho Aldaya y Joaquín Azparren de Añorbe, Julio Laita de Zirauki, Txaro y Anuntxi Etxetxipia de Artazu, Esteban Armendáriz de Muruzabal y Antonio Alcalá de Obanos. El trabajo de recogida de datos realizado por ellos en los últimos años ha servido para poder completar este léxico básico del vocabulario vasco en el habla castellana del valle. Y esta era una tarea absolutamente fundamental, porque estas palabras son uno de los vestigios vivos más importantes de una cultura que ha sufrido un atropello deliberado (véase en este mismo blog el artículo sobre el topónimo Gares) y que se siente omnipresente en el valle, igual hacia dónde se mire, por medio de toda su onomástica: antropónimos, topónimos, oicónimos, pseudónimos, hipocorísticos, etc.
Y gracias también a Mikel Belasko por sus acertados consejos.

Extracto del documento privado de Jon Erice con los datos registrados por él en Uterga a partir de 1979.



He querido, por último, remarcar todas estas voces con dos tipos diferentes de entradas para poder seguir el rastro del euskera residual, ya que el trabajo nació con esta intención. Las voces que consigno en NEGRITA las considero de alguna manera vinculadas con el euskera, mientras que las recogidas en minúscula estarían más ligadas al castellano.

2012(e)ko urtarrila 20, ostirala

Martín Ximenez de Benegorri XVII. mendeko Garesko elizetako bikario euskalduna

Koldo Colomok idatzitako artikukua

Trentoren kontzilioak eliza katolikoari haize berritzaileak eman zizkion. Europan sortzen ari ziren mugimendu protestanteen zabalpenari aurre egiteko beste jokamolde baten beharra zuen elizak. Trentok ezarritako aldaketek errenazimenduko kultur kutsu nabarmena zuten eta gizalaguna, formakuntza edota tokiko hizkuntzen erabilera ezinbestekoak ziren modu ulergarrian zabaltzen ahal izateko katolizismoaren doktrina.

2011(e)ko urria 15, larunbata

PRESENTACIÓN Y BIBLIOGRAFÍA

Autor:

Fernando Pérez de Laborda

 
Colaboradores:

Koldo Colomo
Xabier Vélez
Alberto Beriáin
Jon Erice
Nacho Aldaya
Joaquín Azparren
Julio Laita
Txaro Etxetxipia
Anuntxi Etxetxipia
Esteban Armendáriz
Antonio Alcalá
Fernando Maiora



Las raíces vivas y profundas de la sociedad francesa no estaban en los Borbones, sino en la nación; no constituían el derecho de una familia, sino la historia de un pueblo, y estaba en todas partes, excepto en el trono.
(Víctor Hugo. Los Miserables. Cuarta parte. Libro Primero, I).

A la Historia debería citársela con nombres y apellidos. Son muchos los tratados que he leído sobre Navarra, Euskal Herria y España que se arrogan de un título tan ambiguo para contar la historia de un pueblo, pero que, en realidad, no se limitan más que a contar batallitas sangrientas, intercalando por medio ecos de sociedad en forma de enlaces matrimoniales. Hay, por supuesto, autores mucho más consecuentes que intentan rastrearle la realidad a los hechos. Me acuerdo, en concreto, de un libro que me impresionó y que lleva explícito en su título la dimensión real del relato: Crónica negra medieval del reino de Navarra, escrito con una maestría exquisita por Fernando Videgáin Agós. Es este libro, para mí, el que más transparencia aporta a la hora de narrar aquellas luchas fratricidas de poder. Una lectura que produce terror. Directa y sin megalomanías.
La historia de una nación no se cristaliza en las megalomanías de sus élites, sino en el sencillo espíritu del pueblo. Es justo reconocer que este también ha cometido fechorías, aunque solo fuera seducidos por el engaño y ocultándoseles una verdad que siempre ha sido celosamente guardada por sus gobernantes. Si no, no habría ido a muchas guerras y hubieran continuado labrando, cantando y zurciendo como si allí no hubiera pasado nada. Y urdiendo la Historia.
La historia de nuestro pueblo se compone de mil factores que lo hacen única, pero ni mejor ni peor que otras. Y, entre todos ellos, es su lengua la seña de identidad más vital, la que destaca por encima de todas, la que da forma a su conciencia de pueblo. Las lenguas que habla y que ha hablado el pueblo son las que componen y han compuesto, de manera inconsciente, su quehacer diario, condicionando todos los demás factores. La lengua es la amalgama que cohesiona todos estos factores, formando una unidad vital que la diferencia de los otros pueblos.

2011(e)ko uztaila 20, asteazkena

Gares. Historia de un topónimo

Artículo publicado en la revista Fontes Linguae Vasconum.

 

Al final del artículo se realiza una relación de los datos encontrados con posterioridad a su publicación.

 

Koldo Colomo Castro
Fernando Pérez de Laborda
2011

En este artículo hemos recogido los datos históricos que hacen referencia a la palabra Gares para poder dar una visión histórica del topónimo vasco de Puente la Reina, localidad de Navarra, y en particular, de las personas que lo utilizaron y sus motivaciones. Los datos nos transportarán a un periodo que comienza en época medieval y finaliza en los comienzos del siglo XXI.

2011(e)ko apirila 5, asteartea

Siglo XVI


La Novissima Recopilación de las leyes del Reino de Navarra de 1513 es el punto de partida para la regularización de los archivos notariales locales. Es entonces cuando se dispone por primera vez que los papeles de los notarios deban ser dados a sus hijos o deudos más cercanos antes que a terceras personas. Todos estos documentos que se van archivando versan sobre los más diversos temas: compra-ventas de tierras de pantraer, subasta de yerbas, reuniones de concejos, contratos matrimoniales, expedientes de hidalguía y disputas sobre toda clase de derechos. Toda esta abundante documentación de manuscritos y actas que se van acumulando en los archivos generales de Pamplona y en los municipales y parroquiales va siendo publicada poco a poco y dando información rigurosa sobre cuestiones cotidianas que ya no solo afectan a las altas jerarquías sino al pueblo llano en general.


Siglo XVII

Valdizarbe y Val de Mañeru fueron durante el s. XVII valles plenamente vascongados. El vascuence se utilizaba en todos los ámbitos sociales. Era una lengua entendida, hablada y contemplada por todos como natural y materna. Todos los estratos sociales la consideraban propia: la nobleza, los profesionales de los trabajos más cualificados como escribanos, maestros y cirujanos, la clerecía con sus vicarios, beneficiados y capellanes y las clases más humildes, la de los agricultores, artesanos y criados. El euskaldún cerrado, desconocedor del castellano, idioma que lo hablaba la clase acomodada, el clero, los escribanos, etc., era el estereotipo común en toda la cuenca. Las lenguas romances estaban exclusivamente circunscritas a esferas eclesiásticas y oficiales, a la celebración de los oficios y la redacción de documentos. El vecindario no tenía en su vida diaria ninguna posibilidad de conversar en castellano, porque era lengua únicamente escrita de la misma manera que el euskera era lengua ágrafa. Es curioso el dato de 1684 en el que se asegura de un sacerdote que el lenguaje castellano que hablaba era “poco limado”.


Siglo XVIII



Los dos pleitos acontecidos en el lugar de Aoiz y minuciosamente investigados por Jimeno Jurío en su libro "Retroceso histórico del euskera en Navarra" pueden resultar ejemplos muy ilustrativos de la situación en la que se encontraría el idioma en Valdizarbe y Valdemañeru durante este siglo. En ambos manuscritos fechados entre 1690 y 1790 y en los que se cuestiona la importancia de ser vascófono o romanzado para la realización de los actos litúrgicos y todas las tareas eclesiásticas en la zona, apenas se aprecian diferencias importantes en el ámbito de la pérdida del idioma vasco y como única novedad se destaca, ya a finales del siglo XVIII, el hecho de la presencia de un núcleo de personas castellanas cerradas.