2012(e)ko azaroaren 3(a), larunbata

El euskera arcaico

La denominación de euskera arcaico se corresponde con la lengua testimoniada por las diferentes inscripciones vasconas encontradas en territorio aquitano y vascón hasta el siglo III d. C. Al euskera hablado anteriormente se le denominaría protoeuskera, siendo un idioma que en principio sólo podría ser reconstruido teóricamente, y al posterior, euskera común, medieval, clásico, moderno o batua, dependiendo de la época a la que se haga referencia. Esta clasificación está basada en el libro El euskera arcaico de Luis Núñez Astrain al que con frecuencia haré alusión.

La tipología del euskera no se asemeja en nada a la de todos los demás idiomas de su entorno. En Europa todos los idiomas son indoeuropeos. Lo que quiere decir que provinieron de Asia entre el segundo y el primer milenio a. C. y que tienen, por lo tanto, una afinidad con el sánscrito, la antigua lengua sagrada de la India. Las únicas excepciones europeas actuales a este hecho son el euskera, el finés y las lenguas caucásicas.


Para hacernos una idea de lo que queremos decir cuando aseguramos que el euskera tiene una particular tipología, voy a exponer los dos ejemplos más típicos para comprenderlo, ambos tomados del libro de Luis Núñez.
Una conocida canción infantil vasca tiene como estribillo la siguiente melodía: aldapeko adarraren sagarraren puntan. Si a esta frase le atribuimos una traducción literal, palabra a palabra, respetando el orden de las categorías gramaticales, estaríamos diciendo: cuesta-la-de manzano-el-de rama-la-de punta-la-en. Y si ahora tratamos de leerla al revés, nos da como resultado lo que nosotros esperamos de una estructura inteligible.
Por otro lado está el tema del ergativo. Por explicarlo de la manera más simple, se dice que el euskera es un idioma pasivo. Se dice Leire etortzen da/ Leire viene, pero Leirek jaten du sagarra/ Leire come la manzana. En la segunda frase el sujeto, Leire, se ha declinado y se le ha añadido una –k. Es, por lo tanto, como si, en vez de Leire, fuera la manzana la que tomara el rol del sujeto y expresáramos la frase en pasivo: la manzana es comida por Leire.
Para Trask (RLT, pág. 49) existen una gran cantidad de palabras vascas difíciles de relacionar con ninguna otra lengua vecina. Este léxico incluye pronombres, la mayoría de las palabras gramaticales, numerales, partes del cuerpo, adjetivos básicos, incluido colores, nombres de plantas y animales domésticos y silvestres, casi todas las palabras referidas al clima o fenómenos naturales, elementos geográficos, herramientas, algunos metales y otros materiales como piedra y madera, palabras como ‘hombre’ y ‘mujer’, términos pastoriles y agrícolas y la mayoría de los verbos básicos. Advierte que no es sorprendente que los vocablos referidos a las leyes, administración, religión, educación, etc. sean préstamos, pero sí que le choca que los términos náuticos no sean nativos, a pesar de la larga tradición marítima de los vascos. Y se hace eco de la gran cantidad de palabras compuestas que existen en el idioma, algunas reconocibles como modernas, pero otras claramente antiguas por sus formas fonéticas.
A partir de aquí la influencia que haya podido tener el euskera en los miles de años de contacto con sus pueblos vecinos ha podido ser enorme. Ha podido alterar su lexicografía o su percepción conceptual a la hora de crear nuevas expresiones, pero ello no quiere decir que haya cambiado la estructura interna de la lengua. El latín es, sin duda, el idioma que más poso ha dejado en el euskera. Algunas fuentes cifran la proporción de voces latinas en un 50% por ciento. Esto no desmerece en absoluto la aptitud o calidad de un idioma para cumplir la función de la comunicación, sino que es simplemente muestra palpable de su flexibilidad y adaptación a los tiempos. Un ejemplo de ello es el inglés, un idioma anglosajón cuyo porcentaje de voces latinas es parecido o mayor. En cuanto a la lengua celta, ya hemos visto en el capítulo anterior la poca influencia que ha tenido sobre el euskera, un hecho que ha sido mencionado por diversos autores como algo cuando menos llamativo. También habíamos comentado que la razón quizá habría que buscarla en que la cultura celta y la vascona no habrían entrado prácticamente en contacto, quedando sus centros neurálgicos muy distanciados entre ellos.
Si nos centramos en cuestiones puramente lingüísticas lo primero que convendría explicar es el curioso acontecimiento que ocurre con las palabras. Estas no son más que elementos dinámicos que responden a los mismos estímulos que los demás seres vivos: se transforman y muchas veces, si no se adaptan, mueren. La palabra zoquete, que se define como un trozo de madera corto y grueso, está presente tanto en el castellano como en el euskera. Aunque para el DRAE es de origen probablemente céltico, Corominas/ Pascual sugieren una raíz árabe suqat ‘desecho, objeto sin valor’. Sea como fuere, en nuestro valle se ha designado con esta voz a ciertos tarugos de madera que se colocaban en las prensas de uvas y también a los maderos que hacían de freno en los carros. Pero, al igual que estos oficios, estás acepciones se han ido diluyendo en el tiempo y al final sólo ha quedado la voz en su sentido figurativo: al que es duro de mollera se le apela zoquete y al que ya no tiene remedio se le dice zoquete de galera (carro), haciendo referencia más concreta al utensilio en sí mismo.
Del mismo modo que ocurrió con esta palabra, sucedió también con otros vocablos presumiblemente celtas que ya han quedado en desuso y que han pasado a formar parte del acervo lingüístico del euskera, latín y castellano: bresca (panal), sayo, melga (en el valle también llamado en euskera fuin/zuin), minza (la membrana del huevo o la cebolla; se dice “pareces de minza” en sentido figurativo) y autores como Corominas/ Pascual derivan la últimamente tan extendida voz vasca zulo del céltico silon ‘simiente’, que tiene su correspondencia en el castellano silo, voz a la que efectivamente el DRAE le da un origen incierto. Zulo es, sin duda, el ejemplo más claro de palabra adaptada a los tiempos. Durante años no ha habido ni un solo telediario que no hiciera referencia a esta palabra y al final han conseguido propagarla a todo el ámbito castellano.
En cuanto al parentesco entre el euskera y el ibero tampoco se puede decir mucho. Los últimos trabajos publicados parece que van mostrando las cada vez mayores analogías entre estos dos idiomas, un hecho al que ya hemos hecho referencia en el capítulo sobre los vascones.
De lo que no cabe duda, como ya hemos observado, es de la influencia que el latín ha tenido sobre el euskera. Conviene recordar que Hispania fue la primera región del Imperio Romano donde se implantó el latín y que el euskera comenzó pronto a adoptar los tecnicismos correspondientes a los aperos y objetos que poco a poco se fueron utilizando en las labores cotidianas domésticas o agrícolas.
Seguir la pista a estos vocablos no es difícil, ya que el mismo impulso evolutivo de la lengua latina ha dejado su impronta en el euskera, delimitando perfectamente las épocas en las que llegaron los préstamos. Los restos latinos conservados en la lengua vasca son posteriores al año cero. Desde entonces el euskera se ha ido contagiando de los vocablos del latín clásico, vulgar, medieval y eclesiástico, amén de todos los romances que lo estuvieron comprimiendo durante siglos y lo han estado influenciando hasta el día de hoy.
La evolución de las palabras es tan caprichosa que nos puede llegar a sorprender. La disposición de algunas voces latinas (prácticamente desaparecidas del castellano) a transformarse y expandirse gracias a la presencia tan generalizada que han tenido en el euskera queda palpable cuando hablamos, por ejemplo, de la voz mochila. La voz vasca mutil ‘muchacho’ proviene del latín mutilus, ‘mutilado’, ‘mocho’. Pero lo verdaderamente asombroso del caso es la evolución posterior que ha sufrido la palabra. En el euskera se ha venido denominando muchila (utilizada por nuestros abuelos y abuelas de Valdizarbe ya palatalizada con el sonido ch) al zacuto que se llevaba, no en bandolera, sino sobre ambos hombros, haciendo seguramente referencia al chaval que llevaba la carga. La voz pasó de aquí al castellano como la internacionalmente conocida mochila. La voz mutil ni siquiera es exclusivamente vasca, sino que, como cita Elorz Domezáin (JRE), también se encuentra en ciertas jergas del centro de Castilla. El mismo DRAE la cita como motil.
Algunas otras voces del valle denotan antigüedad al constatarse un proceso de adaptación fonética más bien propio de otras épocas. Lurdes Oñederra (LO, pág. 119) cita a Michelena cuando asegura: "Los préstamos serán tanto más antiguos cuanto mejor conserven su aspecto original y, a la vez, cuanto más lo hayan modificado. Serán antiguos, en otras palabras, en la medida en que no muestren señales de los cambios fonéticos que se han realizado en los romances vecinos, pero también en la medida en que han participado de otros, propios del vasco mismo...".
Las bilabiales oclusivas b y p, que en euskera fluctúan con total normalidad como sucede con barre/ parre ‘risa’, se convierten en m por un proceso de asimilación nasal. Un ejemplo notable de esta afirmación de Michelena para la localización de prétamos arcaicos es la palabra obanesa mutio/ motio, ‘pozo de agua salada que sirve para alimentar las eras de la sal’, exclusiva de las salinas de la Zona Media navarra y proveniente del latín puteus ‘pozo’. Hubo un tiempo en que la sal fue moneda de cambio y donde las salinas tuvieron su trascendencia, originando un vocabulario propio que nos traslada hasta la época romana. La derivación fonética que ha registrado está palabra parece antigua (metaplasmo p > m, y transformación del hiato eu en diptongo iu, como en lakeus > lakio/ lazo) y está muy lejos de la común putzu o de la del valle puchulo (putzu y zulo), que parecen préstamos más recientes, derivados del catellano pozo.
La etimología de mutio, de cualquier forma, no es del todo clara: puteos tenía que haber derivado a putzu (Michelena en HLT, pág. 155), aunque hay que advertir que puede haber alternado con la palatal como en el nombre medieval Munio Guchi/ Domna Gutia (Gorochategui, VF, pág. 431). Mutiozabal es también apellido de Tolosaldea que puedo proceder de un antiguo topónimo.
Corominas/ Pascual ya comentan bajo la acepción penca que las palabras vascas con p inicial son préstamos. Algo parecido sucedió con la f, ausente en el protovasco. Aunque en un primer momento el hablante de hace dos mil años evitó esa p inicial, con el tiempo acabó asimilándola con naturalidad.
El mismo proceso de transformación de bilabial en nasal sucede con otras voces como latín baccinu > maquinau, como se le decía hasta hace cuatro días en Añorbe a la cama de la liebre, y eusk. bekar > macarra.
Para consultar todas las voces citadas y las que vienen a continuación me remito al diccionario del valle que estoy realizando y que voy actualizando en el blog euskeraenvaldizarbe.blogspot.com. En este léxico local he procurado no sólo situar a las palabras en su contexto para darles vida, sino también aglutinar el mayor número de variantes fonéticas y morfológicas para encontrar posibles referencias y seguirle el rastro etimológico. Estos son, por poner unos ejemplos, algunos de los arcaísmos procedentes del latín que han sido utilizados por nuestros abuelos y abuelas de Valdizarbe y Valdemañeru hasta el siglo XX: ansa > ansa (asa); sambucus > sabuco (botánica, sauce); melica > emeleca (botánica); erum > jirón (botánica); juniperum > ipuru (botánica); acuculeum > acullo (punzón); pertica > pertíca (pértiga); spicula > esquipura (botánica, espliego); escrinium > cesquiño; capanna > capana (cabaña); capistra > capistra (botánica).
Observemos ahora la evolución de las dos últimas palabras, capana y capistra, para apreciar su pronta implantación en el habla popular. La voz latina capanna ha sido de uso común en el valle tanto en la toponimia como en el léxico. El topónimo Capannacunça, ‘era/prado de la cabaña’, aparece ya documentado en Obanos en el año 1590 (APL??). La capana hacía referencia a la choza temporera que dominaba las viñas para cuidar de que no entrara el ganado. Con el tiempo pasó a denominarse así, por efecto de un tropo lingüístico como es la sinécdoque (la parte por el todo), a la rama que alertaba a los pastores de que en aquella finca no se podía pastorear. En aquellas condiciones hasta los perros debían estar atados. Pero la voz no palatalizó la nn en ñ para decir el castellano cabaña, al igual que, como comenta Trask, no ocurrió con otros vocablos: “In medieval toponyms, the grapas <nn> and <ll> are frecuent for modern <n> and <l>” (LRT, pág. 29). Como consecuencia de una mutación el sonido fuerte nn se hace débil n, como también sucedió con el nombre de origen vascón Enneges, que aparece en el famoso Bronce de Ascoli del 89 a. C., y que en euskera evolucionó a Eneko, pero en castellano a Iñigo. La voz capana es, por consiguiente, un auténtico fósil lingüístico conservado únicamente en nuestro valle, recogido del latín y que se conservó primero en el euskera y después en el castellano del valle.
Otro caso singular de fósil lingüístico con el que el habla del valle demuestra su conservadurismo y su inmovilismo fonético es la palabra latina capistra. El ronzal con el que se llevaba a las bestias nos ha llegado a nuestra zona con la denominación de capristo-cuerda o cabiestro, hasta que ha sido engullida por su homónima castellana: cabestro. Pero por medio otra vez de una sinécdoque el objeto dio nombre prontamente a la planta (Spiraea hypericifolia, durillo negro) con la que se realizaba el aparejo y ahí es donde sí que nos encontramos con la voz original que no ha evolucionado porque no ha tenido ninguna influencia externa, siendo endémica del valle: capístra, caprésta, caprísta, capriésta, capiéstra, caprísto, en sus distintas variantes.
¿Son todas estas palabras euskera arcaico? En cierta medida sí, aunque sepamos que son latinas. A nadie se le ocurriría dudar de que las palabras anorak (abrigo en la lengua inuit) o kotxe (carro de caballos en húngaro) no sean vascas. Pero sabemos que son préstamos, aunque hayan sido relativamente recientes y estén ya perfectamente integrados en la lengua vasca. El valor, en cambio, de palabras latinas como mutio, capana y capistra radica en saber que son préstamos que tienen dos mil años y que no han evolucionado conforme a las categorías que impondría un idioma romance. Estas voces fueron utilizadas por nuestros antepasados que hablaron euskera, aquellos mismos que dejaron su impronta en las inscripciones votivas romanas. Y cuando se extinguió el euskera del valle, hace apenas un siglo, las voces continuaron vivas en el nuevo habla local, hasta que fueron sustituidas por los correspondientes cultismos del castellano: pozo, cabaña y cabestro.
Las voces latinas del euskera han seguido una transformación que, como hemos visto, muchas veces está reglada por rasgos fonéticos particulares y otras veces se han ceñido a su original y no han variado en absoluto. De la misma manera que ha ocurrido así con los préstamos del latín, también ha podido suceder lo mismo con las voces originariamente vascas. Uno se podría retrotraer dos mil años en el tiempo y encontrarse con voces que no habrían modificado para nada su morfología. La voz ‘mesa’ prácticamente ni ha variado desde que los romanos la llamaron mensa. La voz en sí misma es demasiado rígida para que de mucho juego. Conocer bien el idioma y descubrir cuáles son las pautas de su evolución es importante para descifrar los recovecos de la lingüística.
Cuando uno apenas tiene datos a los que aferrarse, cualquier detalle puede servir para reconstruir la estructura de un idioma pretérito: la evolución fonológica, la deconstrucción de las palabras para identificar morfemas y lexemas, la proliferación de morfos en forma de prefijos, infijos y afijos, de marcas de género y de número, el orden de las categorías gramaticales en las composiciones o el de las propias vocales en cada morfema. Y así tratar de buscar las correspondencias sistemáticas para poder remontarse lo más lejos posible hacia la protolengua y su sistema de sonidos, para acercarse al máximo a la raíz estándar o ‘canónica’, como se le denomina en la terminología moderna.
Esta es una labor tan teórica o matemática como la de un científico. Como cuenta Luis Núñez (pág. 97), en el siglo XIX se conocía que la raíz estándar del indoeuropeo común era consonante-vocal-consonante, pero se observaba que a veces aparecían raíces con sólo una de esas dos consonantes y un alargamiento de la vocal. Pues bien, el lingüista suizo Ferdinand de Saussure, fundador de la lingüística moderna, predijo que la caída de la consonante producía el alargamiento de la vocal, algo que fue descubierto 50 años más tarde al estudiar la recién descubierta lengua hitita de Turquía, también indoeuropea. Más o menos parecido a lo que ha ocurrido con el bosón de Higgs que en 1964 proponía un modelo estándar de física de partículas que no se ha descubierto hasta el 2012. Tanto de lo mismo sucedió con las ondas electromagnéticas en el siglo XIX y las gravitacionales en el XXI, cuyas existencias fueron postuladas antes de ser descubiertas.
Y son los propios descubrimientos los que tienen que ir corroborando el modelo de protolengua que uno se ha fijado de antemano retrotrayendo el idioma a su Big Bang inicial. Es como la previsión del tiempo, cuantos más parámetros abarque el modelo para su estudio, más posibilidades de acertar existen. Y los resultados pueden ser sorprendentes. Gorrochategui lo comenta ya en 1987 cuando habla de las inscripciones vasco-aquitanas: "Si las coincidencias léxicas entre el aquitano y el vasco histórico eran en algunos casos sorprendentes, tanto o más sorprendentes eran los paralelos entre el sistema fonológico extraíble de la onomástica aquitana y el sistema protovasco reconstruido mediante las técnicas de reconstrucción interna... un sistema fonológico protovasco tan cercano al atestiguado en los epígrafes aquitanos que prácticamente se podría decir que el aquitano es la corporeización del constructo intelectual que es siempre una reconstrucción lingüística" (LN, pág. 102). Así lo confirma también Trask en su diccionario etimológico: “The phonological structur of Aquitanian […] is remarkably similar to the phonology reconstructed independently for the Pre-Basque of around 2000 years ago by Luis Michelena” (RLT, pág. 6).
La esperanza es que la onomástica encontrada no haga sino confirmar el idioma reconstruído, pero hay que tener en cuenta que en las inscripciones uno tiene que estar preparado para lo peor. Te puedes topar con un nombre ibérico escrito en alfabeto paleocristiano pero con fonética vasca porque el que lo escribió o lo dictó era euskaldún; con un ara votiva escrita en latín por un escribiente que no tuviera ni idea de euskera, que simplemente lo hubiera recibido como encargo y que no hubiera puesto el suficiente empeño en los giros fonéticos; con un vascoparlante que se manejara correctamente en latín pero a la hora de trascribir los nombres vascones se tuviera que romper la cabeza para reflejar los fonemas que él quería escribir.  Este último caso sea quizá el motivo de la i- inicial del teónimo itsacurrine encontrado en Olza, del vasco txakur ‘perro’. Los casos que nos pudiéramos encontrar podrían ser muy diversos y no siempre tan inequívocos como el último teónimo hallado hasta la fecha y ubicado en la localidad de Muzki en el valle de Guesálaz: urde ‘cerdo’, ‘jabalí’. Gorrochategui y Lakarra (GL, pág.122) contemplan aquí una base ord- como en ordots ‘cerdo macho’.

La historiografía navarra reciente va centrando sus líneas de investigación, entre otros ámbitos, en la toponimia, la onomástica y la dialectología. En lo que respecta a Navarra, investigadores como Patxi Salaberri, José Zubiri, Lopez Mugartza han trabajado sobre la onomástica, mientras Iñaki Camino y Peio Salaburu lo han hecho sobre la dialectología y Mikel Belasco sobre la toponimia, continuando el camino que, en su momento, abriera el insigne Jimero Jurío. Los datos que van aportando van conformando un registro del patrimonio inmaterial navarro al que cada vez se le concede más importancia y en el que se están realizando trabajos de campo de gran relieve (Archivo del Patrimonio Inmaterial de Navarra, dirigido por el propio Salaberri) para recoger la tradición oral de los distintos valles. Sirva también como ejemplo publicaciones de ámbito más local, pero igualmente necesarias, como el libro editado en el 2014 por la Asociación Loxa sobre la oiconimia de nuestros valles de Valdizarbe y Valdemañeru, en la que he podido tomar parte, y que ha sabido recabar más de dos mil nombres de casas tanto actuales como antiguos encontrados en la documentación.
Todos estos testimonios orales son de gran interés para poder determinar la extensión, intensidad y carácter del euskera en las diferentes épocas. Gracias a algunos de estos trabajos realizados sobre la toponimia, por ejemplo, se pudo fijar con precisión una línea que delimitaba la zona vascófona en Navarra durante la Edad Media. Aunque los datos, por supuesto, estén siempre abiertos a interpretaciones lingüísticas. La complejidad que supone extraporlarlos a una época bastante oscura de la historia del norte peninsular y de la que se dispone de muy pocos datos no es óbice para la realización de esta labor, por muy torpe que parezca. Pero, al igual que sucedía con el constructo del protovasco, parece que los nuevos testimonios encontrados recientemente han ido corroborando las teorías de muchos de los trabajos realizados con anterioridad.
La tendencia ha sido la de pasar de los trabajos de investigación de ámbito global a las de ámbito local para poder darle despúes una perspectiva de conjunto más amplia. Pionero en estas lides de recogida de datos locales fue Gartzen Lacasta Estaun que recogió en los noventa del pasado siglo parte de ese patrimonio inmaterial del Alto Aragón, un trabajo al que le tuvo que poner límites, “al constatar que la abundancia de toponimia presuntamente vascónica en esta amplia zona denominada el Alto Aragón desbordaba los límites de mi proyecto”. 
En realidad, si analizamos los datos de la primitiva onomástica vascona, esta no haría sino ratificar lo que los trabajos sobre la toponimia de la Edad Media han demostrado. Pero la onomástica se concentra, a diferencia de la toponimia, en dos amplias regiones geográficas: por un lado en Aquitania, sobre todo en el macizo central de los Pirineos; y por otro en la mitad sur de Navarra, a lo largo de una franja que se extiende del noroeste al sureste, desde el valle de Guesálaz hasta las Cinco Villas zaragozanas, y en cuyo centro se encuentran los valles de Valdizarbe y Valdemañeru, materia de nuestro estudio. (Véase el mapa con la distribución de las divinidades indígenas del capítulo de los vascones).
Este es, en principio, un hecho singular, ya que en la zona intermedia no aparece ni un solo dato que pueda ratificar una genealogía vascona de los habitantes. Es un vacío generalizado en el que apenas se encuentra nada digno de mención. ¿Las razones? Pues quizá habría que buscarlas en el desinterés que estas zonas mostraron por todo lo concerniente al mundo romanizado. El modo de vida de los vascones que habitaban los valles del interior pirenaico no coincidiría con la de los habitantes de las amplias cuencas que se expandían al norte y al sur de la cordillera. Estos últimos se irían romanizando por necesidad, por ser los romanos la referencia que les ayudaba a desarrollar las nuevas técnicas y producir los últimos instrumentos para el laboreo del campo y los trabajos doméstico vinculados a ellos. Pero mientras en las cuencas de más al sur de Navarra y del entorno aquitano los vascones fueron sucumbiendo al latín, en lo que respecta a Valdizarbe y Valdemañeru y, en general, la Navarra nuclear (y el Pirineo oscense, como hemos indicado anteriormente) estos no fueron latinizados. Como ya he explicado en el capítulo sobre las comunidades indígenas y los vascones, la causa bien podría haber sido su dispersión geográfica en pequeñas aldeas, heredada quizá de una tipología de poblamiento proveniente de la Edad de Hierro. Esta distribución encontraría su origen tras la expansión vascona desde los valles intrapirenaicos navarros a la conquista del nuevo agro y tendría su plasmación en una estructura social influenciada por aspectos orográficos, climáticos, culturales y políticos.
Parece evidente pensar que toda esa franja entre las dos comunidades del norte y del sur estuviera también habitada por vascones y que, de la misma manera que ocurrió con la toponimia, las comunidades romances del medievo hubieran incorporado parte de ese antiguo vocabulario vascón a su habla cotidiana. Prácticamente no se ha realizado ningún estudio exhaustivo sobre el poso vascón o prerrománico que pudiera conservar el castellano actual de esas zonas, ya que no es fácil remontarse más de dos mil años para seguirles el rastro a las palabras prerromanas. Pero no hay que obviar el hecho de que la Historia se puede rastrear no solo a través de la toponimia, como más comúnmente se ha hecho, sino también a partir del vocabulario y del lenguaje que hoy en día todavía se habla en algunas zonas. Que la toponimia no es, a día de hoy, el único elemento filológico vivo que nos pueda servir para el estudio de la Historia.
Seguir recopilando datos es una tarea importante. Nuestro vocabulario castellano actual (que incorporó palabras del navarro y del aragonés) es un terreno que aún no se ha revisado en su totalidad y que todavía nos puede deparar muchas sorpresas. Se impone la tarea de localizar los arcaísmos del habla del Pirineo, a lo largo de una frontera que, según los datos que aporta la toponimia, fue, hasta la Edad Media, habitada por comunidades de la etnia vascona. El estudio etnográfico realizado por Manuel Alvar en la década de los sesenta del siglo XX pudiera ser un buen punto de partida, dada la gran cantidad de voces primitivas que registra. Recordemos, como bien cita Lacasta, lo que ya comentó Corominas: que el idioma vascoide de los Pirineos centrales y orientales debió ser muy diferente al de los dialectos vascos actuales y que se necesita de mucho trabajo de investigación para ir sacándolo a la luz (GLE, pág. 149ss). Otros lingüistas de calado como Rohlfs o Menéndez Pidal, tomando como base la toponimia, ya habían trabajado anteriormente sobre esta hipótesis. En el capítulo sobre los vascones ya he expuesto algunos de los datos sobre sus teorías.
Y es que si echamos un vistazo al diccionario de la Academia, en el castellano de hoy en día hay voces prerromanas que sí que gozan de una sonoridad propiamente vasca (aguachirri, moñaco, sarrio, zarza, churra, zurrapa, calabaza…). Y si consultamos las palabras vascas que figuran en él, nos percatamos de que son muy de la tipología de las prerromanas. Voces como chatarra, chaparro, socarrar y todas sus variantes (chatarrería, achaparrado, churrasco…) gozan de la misma vieja resonancia que las palabras prerromanas que hemos citado. Lo mismo ocurre con otras voces como zamarro, hondarras, birlocha, zurrón, etc. Esta sonoridad no es razón suficiente para sentar ninguna teoría, pero como ya comentaba un profesor de filología cuyo nombre no recuerdo: “Palabra sucia y con muchas erres, ¡vasca!”.
Pero en donde más poso antiguo encontramos no es en las propias voces, sino en alguno de los componentes con valor morfológico que, a menudo, las acompañan y que traslucen elementos de carácter prerromano.
Pongamos como ejemplo la voz andosco. El diccionario de la Academia lo define así: “Dicho de una res de ganado menor: que tiene más de uno o dos años”. Para el DRAE es de origen incierto, quizá del latín *annoticus, por annotinus. CorP se decanta por el étimo árabe núsqa ‘lazo, ‘argolla’, aunque reconoce que el sufijo vasco –sko aparece alguna vez con nombres de animales. Y Martín Alonso, en su Diccionario medieval, lo deriva de año y dos, aunque no tenga mucho sentido, contemplando variantes como tresandosco. Si uno examina los mapas de Alvar (Av690ss), hacía 1960 la voz (con todas sus variantes: tresandosco, reandosco, sobreandosco) estaba ampliamente extendida por la Rioja y Aragón y sólo aparece en un caso en la Ribera navarra.
La palabra es una voz antigua, atestiguada ya en la Reja de San Millán del año 1025, como aseguran Gorrochategui y Lakarra. Estos lingüistas de renombre situan la voz, al contrario que los anteriores y con bastante más juicio, en la órbita del euskera (GL, pág. 121): “Creemos que la palabra admite la disección de tres elementos: el que nos interesa ahora, el central –os-, que sería el causante del significado masculino del término, al que se añade el sufijo –co de claro sentido diminutivo, cuya vigencia se atestigua desde época auqitana hasta el momento presente. Lo que queda como base an- admitiría una explicación en relación con el nombre de la cabra en vasco ahuntz”. El sufijo -ots todavía se aprecia en voces vascas actuales como bildots ‘cordero’ o ordots ‘cerdo’.
Lakarra, 15 años después de esta cita, pone a la voz andos(ko) como ejemplo de su trabajo (Lak, pág. 34): “Hasieratik bertatik gure jardunaren emaitzak onak izan ziren –uste baino hobeak- lehen ezagutzen ez ziren erro berriak aurkituaz, ezagutzen genituenei familiak eta sare zabalagoak antzemanaz, gramatika zaharreko fenomeno berriak (dela erreduplikazioak, dela aurrizkiak) bilatuaz eta beren funtzionamendua zirriborratuaz”. Y asi cita la raíz han- para andosco < *han-dots(ko), ahari < *han-ari, ahuntz < *han-huntz, akher < *han-ger.
En un trabajo anterior de Gorrochategui de 1993 (JG2, pág. 634), he encontrado, sin embargo, un testimonio que me da que pensar. Habla de la estructura paralela de andos y andere. Si mal no lo entiendo and- significa ‘mayor, grande’ (handia en euskera), al que se le añade el masculino –os, para significar señor, estando atestiguado en la onomástica aquitana con nombres como Andose y Andosso. De la misma manera sucede con and- ‘mayor, grande’ y el femenino er(h)e, atestiguado también por nombres como Andere, Erenesi y Erhexoni, y que viene a significar señora incluso en el euskera actual. Por el contrario, se habría tomado en préstamo el ibérico jaun (actual hoy en día: jaun-andreak ‘señoras y señores’) que habría desplazado al vasco andos que acabaría por desaparecer de las fuentes medievales.
A partir de esta aclaración hecha por Gorrochategui es fácil concluir que la voz andosco, con el diminutivo –co ya incorporado, no significa otra cosa que ‘señorito’, una manera extravagante de llamarle al macho cabrío que todavía no es del todo adulto, pero que tiene su paralelo en la voz de nuestro valle anderete `señorita’, con la que se designa a la hormiga alada. Como ya he explicado en el capítulo sobre los vascones el mismo nombre de la ciudad romana de Andelo podría añadirse a este listado, traduciéndose como “gran ciudad”. Estaríamos, por lo tanto, ante la palabra vasca datada más antigua, ya que la ciudad se fundó hacia el siglo IV a. C.
Por lo tanto, andosco, una palabra vasca desaparecida hace siglos del euskera se ha conservado intacta en los romances circundantes. Así pues, como acertadamente sospeché cuando me propuse analizar el vocabulario vasco del valle, cabía suponer una procedencia vasca en la raíz de algunas palabras como irasco (de ahari) y zarranco (de zahar ‘viejo’) e incluso de otra como andosco que sería llevada hasta la Rioja por los pobladores vascones del Pirineo Altoaragonés, ya que allí ha seguido siendo utilizada con frecuencia, mientras por nuestros lares se ha perdido.
En su libro sobre el euskera arcaico Luis Núñez afirma que los sufijos encontrados en las aras votivas romanas (-cco, -xso, -thar, -se) resultan fáciles de identificar y traducir gracias al euskera actual (LN, pág. 58). Si nos fijamos en los dos primeros sufijos, -cco y –xso, podríamos extraer algunas conclusiones que nos proporcionarían una idea de hasta qué punto han estado y están estos sufijos todavía extendidos entre los romances circundantes. Ambos sufijos son, hoy por hoy, comunes en el euskera actual. Recordemos que en la zona donde antiguamente se habló el protovasco se acabaron imponiendo romances como el aragonés, el navarro, el castellano y el provenzal (Aquitania y Gascuña), siendo este último, durante la Edad Media, uno de los idiomas escritos más importante de Europa.
Abordemos cada sufijo por separado.
El primero, -ko, se utiliza en euskera como diminutivo o indicativo de pertenencia. Para hacernos una idea de hasta dónde ha podido expandirse este sufijo, voy a poner un ejemplo muy sencillo: a primera vista nos resultaría prácticamente imposible reconocer en la sílaba -ga- de la voz alpargata el sufijo vasco –ko. Pero acudamos a la morfosintaxis y desgranemos los distintos morfos de los idiomas que aquí convergen y así podremos extraer alguna conclusión. Los árabes tomaron prestada la palabra abarca para formar ‘alpargát’, plural de ‘párga’, que después derivó en alpargata. La voz abarca ‘calzado de cuero’, es, según el DRAE, de origen prerromano. Corominas/ Pascual (CorP) no andan muy descaminados cuando aseguran que su procedencia podría ser el vasco abar ‘rama’, y el sufijo genitivo -ko. La feminización de este tipo de voces es un rasgo, como veremos más adelante, bastante común. Algo parecido le sucede a la voz vega, procedente de la voz prerromana *vaica, y que según CorP podría resultar como síncopa del vasco ibaiko ‘del río’. Podría resultar también este sufijo en la voz artiga (en Vald artola ‘trozo de finca en cuesta y difícil de trabajar’, en AC-Aragón articas), que también es prerromana, desde arto ‘planta espinosa’, relacionada con vasco arte ‘encina’.
Asociar todos estos morfos es fundamental para tratar de descubrir posibles orígenes prerromanos en el vocabulario de los romances circundantes al euskera, lo que nos serviría para concretar algunas hipótesis sobre el idioma hablado hace dos mil años.
A mi entender, el sufijo vasco –ko aportó con el tiempo varias variantes diferentes: -go, y las ya mencionadas femeninas –ca y -ga, a las que ahora vamos a dar explicación.
La terminación –ko tiene en euskera una condición diminutiva como sucede con zezen ‘toro’/ zezenko ‘novillo’, oilo ‘gallina’/ oilasko ‘pollo’ o mutil ‘mozo’/ mutiko ‘niño, muchacho, hasta 12 años’. En nuestro valle aparecen muchas voces en este sentido: aristango ‘mata de roble’, xubico ‘puente pequeño’, zaldico ‘caballito’, muchicharco ‘muchachuelo’, mochorroco, boldroco, buruca, churinga y moñaco/ monago (véase mi diccionario).
Pero esta cualidad no sólo es exclusiva del valle, sino que aparece con cierta frecuencia en los romances. El ejemplo de la voz tarugo podría ser sintomático. Según Corp es voz de origen incierto, probablemente prerromano. Cita las variantes taruco, tarenco y taringa, y aunque comenta que no se puede rechazar una relación con tuero ‘leño’, del latín torus ‘hinchazón de un planta’, no le ve una verosimilitud semántica y aduce, sobre todo, que “el sufijo –ugo no tienen vitalidad alguna en romance” (lo mismo comenta con la voz tajugo/ tajudo ‘tejón’). Sin embargo, en el trabajo etnográfico de Manuel Alvar, este recoge tuero en Navarra y Aragón como ‘tronco pequeño o grande’ (Av413-472ss) y aporta las variantes taranco y torollo, mostrando esta última la terminación diminutiva romance –llo, lo que corroboraría la opción del sufijo diminutivo vasco –ko para esta palabra.
La voz aragonesa que cita el DRAE samarugo ‘renacuajo’, de origen incierto, dispone de una cierta prosodia prerromana, como reconoce CorP, que recoge variantes como samarugo y jaramugo. Av541-NA/AR cita también zamarugo y samaruco. Si presuponemos que la última silaba es el sufijo vasco diminutivo –ko, algo bastante plausible, habría que buscarle a la primera parte una asociación con algún tipo de rana pequeña y reconocer algún metaplasmo o sustitución de consonantes de tipología antigua. En euskera, curiosamente, al renacuajo se le dice zapaburu, de zapo ‘sapo’, palabra prerromana, y buru ‘cabeza’. La voz habría evolucionado así: *zapaburuko > *zaparuko (por síncopa como en el vasco *idi-buruko > ipuruko/ ibirico) > zamaruco (disimilación p > m, como en puteus > mutio, que hemos citado anteriormente). La voz zamarugo no deja de ser, por consiguiente, una variante sincopada de *zapaburuko, de la misma forma que la vasca idi-buruko ‘frontal’ (literalmente ‘de la cabeza del buey’) derivó a ipuruko, en nuestro valle ibirico. Como curiosidad diré que la misma lámina de Alvar donde aparece esta palabra también recoge en Aragón ranueco ‘renacuajo’, con nuestro omnipresente sufijo –ko.
El DRAE cita, además, algunas voces que remiten a este sufijo. Todas ellas tienen una significación diminutiva: pozanco, ramasco, brusco, zatico, charrasco/a, y quizá curca y burchaca; y CorP zuruco.

En cuanto al sufijo –ko como indicativo de pertenencia, ya comenta CorP en la entrada charco, voz de origen desconocido, quizá prerromano: “Existe una vieja voz vasca sar o sarra con el significado de ‘herrumbre’…, según la teoría muy verosímil de Schuchardt, es el mismo vocablo que el ibérico sarna… cast. sarro… Ahora bien, -ko es sufijo frecuente, muy vivo y antiguo en vasco, dedicado a formar adjetivos que por lo común indican lo que se halla en un lugar, pero también adjetivos denominales de otros tipos… Luego no sería arriesgado suponer un vasco antiguo *sarko… ‘que se halla en medio de los desperdicios, la inmundicia, el fango’”.
Existen con este sufijo, sobre todo en el romance navarro y aragonés, una gran cantidad de voces que corroboran el sentido de pertenencia o propio de algo y que, más que nada, hacen referencia a los animales y sus cualidades. En el DRAE aparecen borrego, lunanco, mostrenco, morueco, navanco, pastenco, penco, potranco, tajugo, ternasco, tercenco, verraco, zopenco; en Alvar y sus láminas: 656 añenco, 842 arrumaco, 703 fardosca, 708 flasco, 576 liebrasca, 851 matraco, 691 mayorenco, 717 primarenca, 842 zarranco.
Muchos de las voces que acaban en -co tomaron también una segunda acepción como insulto. Lurdes Oñederra ya comenta que son conceptos muy diversos los que se utilizan en los diferentes idiomas para expresar desprecio (LO, pág. 78). En euskera la tendencia ha sido a designarlos con nombres de animales y plantas, y en determinados casos con útiles de cocina. Lo realmente sorprendente es que la mayoría de las voces que acabamos de citar funcionan como insulto, lo que nos puede mover a pensar que otras muchas que encontramos en nuestro valle con este sufijo –co hubieran referido, en origen, animales: batueco, zarratraco, zamatraco, zamueco, arramingo, arrumaco, arraco, mazurco, zamacuco.
En nuestro valle encontramos, además, otras muchas voces acabadas en –co/ -go que corroboran la cualidad de pertenencia: chanchako, churruco, chorroco, farrusco, zartaco, roisco, amarreko, apachicos, zendoco, arrastraco, jandiko, lupeco, maribistaco, marmitako, zezenzusko, ozondoco o chizgo, y quizá también zurriago/a. Y también unas cuantas que acaban en –ngo/ -nga: mondongo, zorongo, lindango, gorringo, gurringo, churinga, fandanga, gandinga.

El segundo sufijo, también diminutivo -xso, ha derivado con el tiempo en dos variantes morfológicas diferentes: -cho, muy actual y que continúa utilizándose en euskera como morfema diminutivo, y -to, más antiguo y fosilizado en nuestro valle en voces como chinato ‘piedrita’, zacuto ‘saquito’ y zato ‘odre pequeño’.
La x ha sido y es, en euskera, una palatización significativa del diminutivo. La palabra zakur ‘perro’ (cuya variante castellana cazurro podría derivar, por metátesis, de aquí), evoluciona a xakur y txakur, que en origen son diminutivos del lenguaje infantil. Lo expresa acertadamente uno de los personajes del Peru Abarca de Moguel: "Onelacoac dira zacur andiac, zaunc zaunc lodi eguiten due: berriz chiquiac, chaunc, chaunc. Ala bada, chacur andiac gatic esaten da zacurra, chiquiac gatic, chacurra" (LO, pág. 77). Como consecuencia, es normal que el sufijo xso se encuentre como –cho. Lo mismo sirve para la variante femenina –cha, como hemos interpretado que le sucede a abarca y vega con el sufijo –ko que también se feminiza.
Este diminutivo –cho también se encuentra muy extendido por la zona de Aragón. La voz aguacha es un derivado de agua que se localiza en la zona aragonesa. De aquí provienen, seguramente, voces como ‘aguachinar’ y ‘enaguachar’. La alternancia de masculino y femenino por influencia, seguramente, del castellano es manifiesta en voces de nuestro valle como capacho/a, buruncho/a, corroncho/ carroncha, gorrincho/a. Tambíen se localizan muchas otras voces con este sufijo: aguilacho, bunbulutxa, bolancha, chabalcha, charrancha, cunacho, filucha, gardancha, gurrincha, irucha, parrucha, pepelacho, petacho, regacho, sagucho, tordancha.
En cuanto al sufijo –to, derivado de –cho, si admitiera también un femenino (como le sucede al diminutivo romance -te en chinarte/ chinarta, zoquete/ zoqueta) habría muchas voces del valle que cobrarían su sentido cholorto/a, chinchorta, chalchita, chirlinta, picota. Habría, entonces, una solución para la discutida voz samanta/ somanta, que no procedería de so- y manta, como aseguran el DRAE y Corp, sino de vasco zama ‘carga’, del latín sagman, y el sufijo diminutivo –cho/ -to ya feminizado, en el sentido original de ‘gavilla, manojo’, para pasar mediante tropo a significar ‘paliza’. Un caso manifiesto de esta conversión es la palabra regacho, que derivaría de manera alterna a ‘regata’ o ‘regato’.
Se podría pensar en una terminación original -zo/ -za que hubiera derivado en -cho/ -cha/ -to/ -ta, y que, por lo tanto, algunas voces encubrirían también en su terminación –zo/ -za este diminutivo, como le sucede a la palabra del valle parrucha ‘los brotes tiernos de la zarzamora’, que Ib cita como ‘aparruza’, o en pollizo ‘olivo recién plantado’. Hay palabras que generan indudables dudas en este sentido: ligarza, linaza, esportizo o quizá aguaza y chamizo. Cabría suponer la terminación -aza en castellano que es aumentativa/ despectiva (manaza/ hilaza), aunque no creo que sea lo más acertado.
Se impone, por consiguiente, un trabajo de campo de ámbito local, mediante diccionarios que vayan recogiendo todas las voces arcaicas y sus variantes fonéticas, para poder disponer después de una perspectiva de conjunto más global. Recordemos que muchos de estos fenómenos y dinámicas que transforman el lenguaje nos podrían situar al final de la romanización o al principio de la Edad Media, en un interludio en donde muchos historiadores contemplan la expansión de las tribus vasconas desde el Pirineo hacia el Este.

Pero dentro del maremágnum de discrepancias fonéticas y morfológicas que supone el mundo de la onomástica documentada y oral, sí parece que existan ciertas reglas que en un principio tuvieran un canon preestablecido, aunque el tiempo las haya ido flexibilizando. Voy a exponer algunas de las reglas más típicas del euskera arcaico aplicadas al léxico local recogido en el valle en los últimos 50 años:

- Ausencia de f: En sus origenes, el euskera no dispuso del sonido fonético f.  Las palabras latinas se tuvieron, por lo tanto, que adaptar, sustituyéndose de manera muy diferente. En el caso de latín furca, primero derivó a borca, pero también acabó perdiendo la b inicial como ocurrió con horcate y horquilla. La pérdida de esta b inicial es muy normal es euskera, como se observa en latín buccela > vasco okela. Algunas palabras como la latina furo derivaron por un lado a cast. hurón/ huraño y eusk. uroi/ udo, pero por otro se mantuvieron fieles a su grafía inicial en el sentido de furo ‘cabreado’. Es esta conservación de la f un rasgo característico del navarro-aragonés medieval, como demuestran también voces del nuestro valle como firuri o filuchas, desde latín filum. La voz hormiguero, montón de maleza para quemar, del latín furnus ‘horno’, es un ejemplo claro donde se observa que es en el ámbito rural del este de Navarra y todo Aragón donde aparece con más asiduidad este aspecto de transmisión de la f (Av19). Otras voces recogidas por mí en nuestro valle y que prescinden del sonido f son las siguientes: franco falda > alda/ maldaganchua, francés chaufferette > chopetilla, latín fulligo > espolinar (cast. deshollinar), chanflón > champón, farrias > barrabús, latín refusus > reús/ rebús, latín fornix > borrocino, fuina > juina, latín ferrata > herrada. Hay que recordar que el fonema /f/ se acabó integrando en el euskera y que algunas palabras tomaron el camino contrario, como ocurrió con latín padule > eusk. padura/ fadura.

- Ausencia de diptongo ue/ ve: En general el euskera ha tendido a monoptongar en o mientras en otras zonas se constata la diptongación en ue, como ocurre con latín rota > cast. rueda/ eusk. errota, topónimo bastante común en el valle. En la toponimia mayor hay muchas poblaciones del valle como Agós, Obanos, Sotés o Gares, pero ninguna que diptongue en -ues como las hay al este de Navarra y en Aragón. Recordemos también que la variante buega que cita CorP para muga en Aragón. Cazoleta es una voz típica navarro/ aragonesa que en Av63/591 aparece al suroeste como cazueleta y al noreste y Aragón como cazoleta. Bonaparte ya recogía en el valle ‘cazola’ por cazuela’, y el OEH cita kasola y kazuela como voces muy extendidas en el euskera. El pan que aquí se llama longo, lo cita CorP en Aragón como ‘luengo’. Son muchas las palabras del valle cuyas vocales varían indistintamente: latín sal muria > salmorra/ salmuera, latín sponda > espuenda/ esponda, latín soccus > zueco/ zoqueta, latín sporta > espuerta/ esportizo, latín porrum > puerro/ porrusalda, germánico rokko > rueca/ roca, eusk. tolla > truella/ trolla, latín mossicare > muesca/ osca, latín mola > muela/ molón/ amolarse, latín rotulus > ruejo.
. Luis Núñez comenta del euskera arcaico que “los diptongos son casi exclusivamente au, eu, ai, ei” (LN, pág. 58). Esa es la razón por la que se diptonguen en el valle algunos hiatos castellanos como ae y ai. Es el caso de las voces máistro (Av1441-NA/RI), jáiz, sáin y máiz (Av121-NA/Norte de AR) que adoptan un diptongo descendente. En otros casos varían los acentos como consecuencia de la complicación que presenta la palabra al añadirle la -a genérica vasca: tárrea/ tarréa ‘ataharre’.

- Ausencia de grupos consonánticos como bl, tr, cl: La fórmula de intercalar vocales entre este tipo de consonantes puede que tenga una cierta influencia vasca, ya que es segura la ausencia de este tipo de sílabas en el euskera arcaico, como sucede con la voz celta brisca que en euskera se admite con las dos variantes breska y beraska. Lo mismo sucede en castellano cuando hablamos de enfermedades crónicas o corónicas, ambas admitidas por la Academia de la Lengua. Por medio de la anaptixis, la resonancia entre las dos consonantes se transforma en vocal.
Conociendo el fenómeno y aplicando el olfato, se pueden desvelar con sencillez etimologías que si no se nos hubieran resistido. Como comenta CorP, de una antigua voz castellana zarpa derivó la común zarrapastroso partiendo de su forma básica *zarpastroso. Lo mismo ocurre con el famoso reglote navarro, el común ‘eructo’, que no cita la Academia y donde las vocales bailan transformándose, desde el latín, de la siguiente manera: ‘regurgitare’ > ‘regoldar’ > reglote.
En el valle aparecen varios ejemplos de ello, pero quizá el más llamativo sea aquel que desdobla la vocal en una palabra tan típicamente vasca como andrea ‘mujer’. Lo que en verdad ocurre es que esta palabra ha perdido la e interconsonántica original del vasco-aquitano andere, y que todavía se conserva en el valle en anderete, pero no en andrete, citado por algunas fuentes. Esta voz utilizada para denominar a la hormiga alada y a la que se aplica un diminutivo románico -te para definirla como ‘señorita’, tiene en euskera equivalentes con diminutivos comunes y con la misma raíz: andereño ‘maestra’, ‘libélula’ y anderetto. Otro tanto le sucede a la palabra burute que algunas fuentes del valle citan como brute. Otros ejemplos de anaptixis con incorporación de vocal interconsonántica son: ‘mille grana’ > mingalana, ‘completa’ > compeleta, ‘cleta’ > queleta, ‘clueca’ > culeca, ‘cribillo’ > garbillo.

La palabra nunca comienza por r: La vocal protética ante r es una singularidad del euskera. En euskera las palabras no comienzan por erre, sino que siempre se les añade una vocal. Recordemos que una de las primeras palabras vascas que aparece en la historia está recogida cerca de aquí, en Larraga. Es el teónimo Errensae, con una base erren- atestiguada en nombres aquitanos. Si uno quiere ser un poco más prosaico y se traslada a épocas más actuales, la influencia de esta particularidad vasca ha podido ser la culpable, por ejemplo, del ordinario ¡Arrenuncio! con el que uno se rinde en un juego de cartas. En el valle aparece la palabra rapatán/ tarrapatán y zarrapatero/ tarrapatero que quizá conserven la a protética antepuesta a la palabra árabe rabb addan de la que proceden, y que después haya sufrido la incorporación de la z/ t inicial. Y recordemos también la graciosa arradio que todavía utilizamos en plan jocoso.
El dialecto de Valdizarbe no es ninguna excepción en lo que respecta al tratamiento de la e protética. Sin embargo, AA3 comenta: “Atentzio ematen du testuei esker baieztatzeak Uterga eta Gares arras ahuldurik ageri zirela fenomeno honetan (e protetikoa ez dutela testuetan maiz erabiltzen esan nahi da), erromantzearen eta hizkuntz ordezkatzearen eraginez ziurraski”. La supresión del sonido protético ante vibrante no sólo es exclusiva de la e, sino también de otras vocales como la i y la a. Se puede asegurar incluso que se observa un exceso de celo en la supresión de protética que deriva en la ultracorrección de algunas voces.
Este fenómeno de supresión de vocal llamado aféresis (que se contrapone a la prótesis del lenguaje técnico) se encuentra en la famosa frase oída con frecuencia a nuestros abuelos y abuelas “¡Ranca pa’ allá!”. Hay también una voz comúnmente aceptada como navarra, robo/ robada, que proviene del árabe arrúb’, ‘arroba’ en castellano, y que podría ser consecuencia de este fenómeno.
En nuestro valle hay buenos ejemplos de ello: herrada > rada, ‘irrista’ > ristro/ ristrar, arroquia > roquia, ‘erresumin’ > resumin, ‘irrisión’ > risión/ risenkeria, errevidear > revidear, ‘harrasca’ > rasca, ‘erretilu’ > retulis, ‘arrapailu’ > repalo.

Estos son sólo algunos de los rasgos del euskera arcaico que todavía se pueden observar en el habla actual de la zona. Hay en cambio otra serie de particularidades de esta lengua que quizá hayan ido evolucionando a través de los siglos y que son muy fáciles de distinguir recurriendo al léxico actual. De todas formas, quien quiera consultar todos estos datos puede echar mano, como ya he comentado anteriormente, del diccionario del valle que tengo publicado en internet: http://195.251.235.79/michalis/fplaborda/Izarbeibarko_hiztegia.pdf

Una vez expuesto el problema que suponer desgranar la procedencia de las palabras, vamos a pasar a enumerar las voces vasconas de hace dos mil años halladas hasta la fecha.
Haciendo un resumen de lo publicado por Luis Núñez en su libro El euskera arcaico, las inscripciones aquitanas encontradas contienen unos 400 nombres vascos de personas y unos 70 de divinidades relativos generalmente a algún árbol o animal, lo que las distingue del resto de las inscripciones del territorio galo. Se pueden contar hasta unos setenta fragmentos onomásticos de palabras, excluyendo los sufijos. La mitad de ellos son medianamente inteligibles para cualquier profano en la materia. Algunos de los ejemplos de nombres propios vascoaquitanos son: Andere, Andosso, Attaco, Belex-, Bihox-, Cison-, Enne-, Ilun-, Losa-, Nescato, sahar, Sembe-, Seni-, Umme-, Uri-, Hars-, Asto-. La mayoría significan parentesco, sexo, edad, animales… tal y como se acostumbraron a utilizar en la Edad Media. En cuanto a las divinidades existen numerales (Laurs-, Bors-); colores (Belex-, Gorri-); árboles (Artahe- ‘encina’); adjetivos (-berri, -andi, -il(h)un). Como se aprecia, algunos de ellos se podrían traducir con un simple diccionario básico actual.
Aunque no se conserva ningún texto arcaico redactado en euskera, sí que encontramos una gran cantidad de teónimos y antropónimos cincelados sobre mármoles durante los tres primeros siglos de nuestra era. Las inscripciones son, en general, de carácter funerario, votivo u honorífico, como así ocurría en el mundo romano al que pertenecían. Son personas que expresan su agradecimiento a los dioses, emperadores o personalidades locales.

La lista de teónimos, nombres de dioses, y antropónimos, nombres de personas, que se han encontrado en Valdizarbe, Valdemañeru y el entorno más próximo es uno de los datos más importantes de que disponemos para analizar con un mínimo de precisión el vocabulario vasco de la zona.
La lista de teónimos y antropónimos está extraída de dos documentos de Fernando Fernández Palacios (FFP1 y FFP2). A la lista añado los que aporta Luis Núñez y los encontrados con posterioridad.

DIOSES:

Navarra:

Errensae [dat.], en Larraga.
Itsacurrinne [dat.], en Izkue.
Larahe/ Larrahi, dos veces, en Irujo (Guesálaz) y Andelos, respectivamente.
Stelaitse [dat.], tres veces, en Barbarín.
Losae/ Loxae, cuatro veces, en Zirauki, Guesálaz (2) y Arguiñáriz de Guirguillano.
Urde, en Muzki, Guesálaz. Encontrado por Velaza en el 2010.


Reconforta saber que uno ha puesto su pequeño granito de arena para ayudar a esclarecer el origen de la lengua vasca a este lado de los Pirineos. Cuando Koldo Colomo, colaborador de este blog, me comentó en el 2010 que estaba haciendo un trabajo etnográfico de investigación sobre el valle, le puse en contacto con mi amigo Txetxu de Muzki, Guesálaz, que acababa de organizar en su casa-palacio una excelente exposición con motivo del Día del Valle. Cuando Koldo vio las dos aras votivas romanas halladas en el curso de laboreos agrícolas, se puso en contacto con Javier Velaza, una de las eminencias en la materia, con el que está en contacto no sólo como aficionado sino también como técnico de euskera del ayuntamiento de Gares. Así se descubrió el último teónimo vascón que hace referencia a un dios de nombre "Urde", jabalí o cerdo. La inscripción dice: Urde/ Pet(ronia?) ·F1-/ avina/ v(otum) s(olvit) l(ibens) m(erito). (Foto extraída de Zeitschrift für Papyrologie und Epigraphik 181 (2012) 260-262)

Según LN también son vasconas:

Lacubegi, dos veces, en Ujué. Villar/ Prósper la citan como ibérica.
Peremusta, dos veces, en Eslava y Sangüesa. Villar/ Prósper la citan como indoeuropea.
Hehelphis, dos veces, en San Martín de Unx.

Álava:

Helasse, en Miñano Mayor

Según LN también son vasconas:

Attia, en Iruña de Oca. Villar/ Prósper la citan como dudoso.
Aituneo, en Araia. Villar/ Prósper la citan como dudoso.

Bizkaia:

Iviliae [dat.], en Forua. Para FPP2 está muy cuestionada.

PERSONAS:

Navarra:

Abisunhari [dat.], en Lerga.
Abisunsonis [gen], en Izkue. (No figura en LN)
Agirsenio [dat.], en Tafalla.
Badan[, en Izkue. (No figura en LN)
Edsuri, en Urbiola. (No figura en LN)
Narhungesi [gen.], en Lerga.
Or[du]netsi [dat.], en Muez. Nombre ibérico con pronunciación vasca.
Ummesahar [nom], en Lerga.
Urchatetelli [gen.], en Andelos, Mendigorría. Nombre ibérico con pronunciación vasca.

Gipuzkoa:

Beltesonis [gen.], en Oyarzun.

Álava:

Lutbelscottio [dat.], en San Román de San Millán.
Luntbelsar [nom.], en San Román de San Millán.

Según LN también son vasconas:

Aitea, en Ollavarre. FFP2 la cita como insegura y en inscripción desaparecida.
Illuna, en Iruña de Oca. FFP2 la cita como insegura y en inscripción desaparecida.


Zaragoza:

Attaeso [dat.], Labitolosa, en Huesca.
L[.]sanharis [gen.], en Sofuentes, Cinco Villas.
Narhu[ns]eni [dat.], en Sofuentes, Cinco Villas.
-eihar [nom.], por dos veces en Tabula Contrebiensis. Es un fragmento de nombre vascón que aparece en el bronce de Botorrita.

Según LN también son vasconas:

Ederetta, en Sádaba, Cinco Villas.
Enneges, en Ejea, Cinco Villas (Bronce de Ascoli).
Agerdo, en Ejea, Cinco Villas (Bronce de Ascoli).
Agirnes, en Ejea, Cinco Villas (Bronce de Ascoli).
Arranes, en Ejea, Cinco Villas (Bronce de Ascoli).
Arbiscar, en Ejea, Cinco Villas (Bronce de Ascoli).
Umarbeles, en Ejea, Cinco Villas (Bronce de Ascoli).
Serhuhoris, en Valpalmas.

La Rioja y Soria:

Agirsaris [gen.], en San Andrés de Cameros, La Rioja.
Agirseni [gen], en Vizmanos, Soria. Para LN tiene similares en Tafalla y el bronce Ascoli.
Ar[…]thar.
Arancisis [gen.], en Vizmanos, Soria.
Attasis [gen.].
Lesuridantar.
Oandissen. En FFP2.
Onse[…]sonis. Según LN quizá sea de mujer.
Onso. Según LN quizá sea de hombre.
Sesenco.

Sergia. Según LN acaso sea ibérica.

Además de estos patronímicos se han catalogado últimamente otros once nombres de procedencia vascona en Hagenbach, en Alemania, y en Ardara, Cerdeña, en Italia. No los incluyo aquí porque pueden ser de origen aquitano y no quiero extender el trabajo a todo el ámbito de habla vascona.

Como ya señaló Fernández Palacios (FFP1, pág. 370ss), los testimonios de onomástica vasco-aquitana en la Península Ibérica han aumentado de unos años a esta parte gracias a nuevos descubrimientos epigráficos. De esta manera su mapa de dispersión alcanza ya las actuales provincias de Álava, Guipuzcoa, Vizcaya, Navarra, Huesca, Zaragoza, La Rioja y Soria. Para el autor seguirá abierto, por lo tanto, el debate sobre la verdadera extensión, intensidad y cronología de la existencia de la lengua vasca al sur de los pirineos, así como la incidencia en la formación de la identidad vascona. Pero conviene recordar, como ya hemos visto en el capítulo anterior que concluyeron Villar y Prósper en su estudio sobre la toponimia del territorio vascón, que la antroponimia va directamente ligada a los individuos y sus creencias, trashumando con ellos, como bien pudiera haber ocurrido en el caso de los vascones que emigraron a partir del siglo II/I a. C. desde los valles pirenaicos. Este hecho no es nada ajeno a los pueblos. Isak Dinesen, la autora del libro en la que se basó la película Memorias de África, escribía que cuando a los Masai les hicieron trasladarse desde su antiguo país, no sólo se llevaron consigo hábitos y costumbres, sino también los nombres de sus colinas, praderas y ríos.

5 iruzkin:

  1. No es cierto que mutil provenga del latín puttillu- (diminutivo de pu(t)tu- 'niño', sino de mutilu- 'mocho, mutilado'.

    También la deversidad de evoluciones fonéticas
    en las formas de origen latino-romances en euskera nos hace pensar en un panorama lingüístico en la Alta Edad Media muy diferente al actual, con diversas variedades paleo-romances que terminaron siendo absorbidas por el euskera. Incluso es posible que se creara un "continuo criollo" con diversas variedades intermedias entre el latín-romance y el euskera propiamente dicho.

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    1. Pareces estar en lo cierto. Ya lo sugiere así Mujika en su libro sobre el Vocabulario Navarro de Iribarren y así lo tenía yo mismo constatado en mi diccionario sobre el euskara residual de Valdizarbe. Mila esker.

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  2. Laborda jauna, lehenik eta behin ni ez naizela hizkuntzalaria aitortu behar dizut, euskaltzalea baizik eta Mañerutik Bizkaira emigratutako aita baten semea. Zure bloga irakurri ondoren bihotzez zoriondu behar dizut hemen egindako ikerketa-lan etnografikoarengatik, batez ere toponimian eta idazki zaharretan geratu diren testigantzak biltzeko egindako lan itzelagatik. Izarbeibar eta Mañeruibar lurraldeak urte askotan euskararen hegoaldeko muga izateari garrantzi gehiago eman behar zaiola uste dut eta justizia. Gaur egun Mañeru eta Tirapuko erdaldunek bere eguneroko solasaldietan "zaborra" edo ta "sarde" bezalako hitzak erabiltzen badituzte ez da batere zilegia zonalde ez-euskalduntzat sailkatzea euskara oroimen kolektiboan bizirik jarraitzen duelako.

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    1. Mila esker, bihotzez eskertzen ditut horrelako komentarioak. Itzaletik lasai lasai lan egiten dut emaitza borobila lortzeko... euskararen alde

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    2. Sar zaitez blog honetan agertzen den hiztegian eta hitz zerrenda luzea izango duzu ikusgai. Mila esker.

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