2017(e)ko apirilaren 21(a), ostirala

Barskunes


que a nosotros, que nacimos de celtas y de iberos,
no nos cause vergüenza, sino satisfacción agradecida,
hacer sonar en nuestros versos
los broncos nombres de la tierra nuestra.

(Cita de Marcial, poeta de Bílbilis /Calatayud[1])


Se tiene por costumbre asegurar que los vascones irrumpen en la Historia en el año 76 a. C. Es en esta fecha la primera vez que los cita Tito Livio en un episodio de la guerra entre Sertorio y Pompeyo en la periferia de Calahorra.
Sin embargo, el etnónimo de los vascones ya se había atestiguado con dos variantes, barskunes y baskunes, unos cuantos años antes, hacia el 140 a. C[2], con motivo de la acuñación de monedas que se realizó en los establecimientos oficiales creados a tal efecto por los romanos.


La leyenda barskunes en el alfabeto ibérico 
según García Moreno. 
Fuente: Villar 1991, pág. 445.
En principio, se puede considerar una asociación bien fundada relacionar ambos términos, ba(r)skunes y vascones. Pero a juzgar por la opinión de algunos expertos, no parece que este criterio sea del agrado de todo el mundo. Uno de los grandes iberistas del siglo XX, Untermann, asegura que no se trata más que de una coincidencia meramente fortuita[3]. Otros autores actuales como Villar/ Prósper también ponen en duda que el término barskunez (como ellos lo transcriben) se pueda identificar con la etnia de los vascones. Todos ellos pretenden leer braskunez, que no sería más que una variante de la palabra celta *Brasco, muy común en la toponomástica europea[4].
Otros serie de historiadores hacen también hincapié en lo extraño que resulta que una etnia hubiera acuñado moneda, ya que, por lo general, eran las ciudades-estado las que se reservaban este derecho. Así Beltrán/ Velaza: “…conviene recordar, por una parte, que las monedas con leyendas vernáculas no eran acuñadas por etnias, sino por ciudades, cuyas minorías dirigentes serían las que seleccionaran tipos y leyendas”[5]
Sin embargo, Villar/ Prósper dejan una puerta abierta a un posible cognado con distinta evolución fonética: reconocen el hecho de la coherencia entre el nombre de los vascones y el lugar de los hallazgos monetarios, siempre en el radio de influencia del territorio de los vascones. Este hecho es motivo suficiente para que la siguiente tesis que aduce Tovar quede avalada: que la forma más antigua sea barskunes, con caída posterior de r como sucede con la derivación latina *farstigium > fastigium ‘altura’, que tiene el mismo origen que el sufijo céltico bhar- ‘altos’, ‘montañeses’[6]. La opinión de Tovar parece ya algo más extendida. El mismo banco actual de datos de lenguas paleohispánicas Hesperia, que figura en Internet, confirma también que la r se suprime de la leyenda a partir de la tercera emisión[7].
La gran mayoría de estas cecas (entendidas como lugares o ciudades donde se acuñaba dinero) que se sitúan en territorio vascón tienen para Villar, sin embargo, una explicación etimológica que parte de la lengua celtíbera. Solo excluye unas pocas que identifica como ibéricas: unambaate, bentian, bencota. No son de la misma opinión autores como de Hoz, Beltrán, Velaza o Gorrochategui, que les reconocen pequeñas particularidades lingüísticas que las hacen, cuando menos, de dudosa etimología. Por un lado, la –n de las cecas bentian, bolskan y olkairun y la ciudad de Alaun pudieran proceder de algún tipo de flexión gramatical vasca. Por otro, el sufijo –oz en arzaoz y tirsos, y algunas cecas cuyo origen es ambiguo como iaca o zekia, parecen contradecir la opinión de Villar[8].
Algo más complejo es el tema del elemento -irun/ -uri/ -iri/ -il  ‘ciudad’. Aunque Lakarra evite relacionar todas ellas y según Untermann Pompae-ilun sea ibérico, Villar sí opina que tras la Gracuris vascona se esconda el apelativo vasco -uri ‘ciudad’[9]. El mismo componente se encuentra en olkairun, Pompaelo y Andelo. García Moreno, por el contrario, expresa sus dudas con respecto a todas estas y solo admitiría las que acaban en –n como olkairun e ilunberritani (González Ollé lee, como Villar, iluberitani)[10]. También Villar expresa sus celos sobre Andelo al no poder “clasificarlo en rigor con seguridad en una u otra etimología, y que por cierto encuentra un eco fuera de la Península en el Anzilijas (< + Antilio-) de Anatolia”[11]. Sádaba es claro al respecto, la etimología “más plausible es la que descansa en el aquitano-ibérico”[12]. En el siguiente capítulo haré un análisis exhaustivo sobre la etimología de Andelo, palabra vasca que traduzco como 'gran ciudad'.
Como se ve, en la onomástica de las monedas y la toponimia más antigua acreditable a los vascones hay sensibles dudas sobre el rastro del idioma vasco. Pero no es solo el factor exclusivamente etimológico el que hay que tener en cuenta a  la hora de adjudicar las cecas a una determinada etnia. Hay que tomar en consideración, como ya había observado Untermann, los “argumentos iconográficos, lingüísticos, epigráficos y los derivados de la dispersión de los hallazgos”[13]. A veces es incluso el análisis más sencillo el que nos puede llevar a vincular un conjunto de cecas con un área lingüística determinada, como hacen, por ejemplo, Beltrán/ Velaza para quienes la presencia de una serie de marcas como benkota, eta on, on y bon que agrupan geográficamente a algunas cecas es razón suficiente para integrarlas en un mismo conjunto: ba(r)skunes, bentian, unambaate, arsakos, arsaos, sekia, bolskan, sesars, iaka[14]. Otras veces son los propios hallazgos como el del denario híbrido de las cecas arsaos y barskunes[15], que debieron de estar contiguas, según las últimas excavaciones arqueológicas realizadas en Campo Real, en las inmediaciones de Sangüesa[16].
La mayoría de los autores están de acuerdo en el ruido de fondo celta que se aprecia en algunos de los componentes de estos onomástica monetaria. La cultura celto-berona[17] había penetrado y remontado, durante medio milenio, los valles más septentrionales del futuro solar vascón, dejando su impronta de la misma manera que después la dejaron romanos, germanos y árabes. Es lógico pensar en el inmenso influjo de los celtas, conociendo la complejidad de las nuevas organizaciones socio-políticas y administrativas que eran las ciudades-estado que ellos habían creado. Buena parte de esta originalidad ha quedado reflejada en la toponimia asociada a ella, un procedimiento de denominación toponímico totalmente nuevo para las comunidades indígenas. No es, por lo tanto, de extrañar que la onomástica de estos pueblos fuera exógena, ajena a su lengua. Para Villar, de hecho, todos los nombres de los pueblos situados en el cuadrante nororiental de la península son, en mayor o menor medida, compatibles con etimologías indoeuropeas[18].

Si nos centramos, con todo ello, en analizar la palabra barskunes y echamos un vistazo a los trabajos de los más importantes lingüistas de nuestro entorno, podemos llegar a algunas conclusiones.
En cuanto al sufijo bar-, ya hemos comentado que para Tovar significa ‘montañés’ con alargamiento en -s en este caso[19]. Villar, en cambio, observa una raíz original war- ‘agua, río’ relacionada con una anterior *uer-/*uor-/*ur-[20], que habría ido evolucionando con distintos sufijos añadidos -t/d, -k/g, -n, -s, etc[21]. Villar/ Prósper reconocen, por ejemplo, en el gentilicio del bronce de Botorrita Barauzanco un sufijo bar-/ war- equiparable a algunos topónimos cercanos como Barossa Vallis del Pirineo francés o a los antropónimos VARVUSIVS y VARVSO[22]. Para Coca Tamame el sufijo celta *bar/ barr/ barg/ barga/ berg/ bergo se puede traducir como ‘montaña, fortaleza, río, vega’[23]. El elemento war- lo encontramos también en lugares cercanos como la carpetana Varada[24] o, en su forma simple, en la berona Vareia a la que se le atribuye la ceca Uarakos[25].
Como podemos comprobar, hay cierta concordancia a la hora de reconocer una etimología celta al elemento bar-, a pesar de las variantes gráficas con las que se le representa. Para Villar, esta anomalía en el baile de consonantes no es ningún problema y depende, sencillamente, del tratamiento gráfico (Bar-, War-, Uar-, Var-) que se aplique en las distintas lenguas[26] (ver FV5, págs. 203ss). El caso de la o y u tampoco plantea ningún problema y es normal que fluctúen (*Brasko/ *Brasku)[27].
Como hemos comentado, el radical *war- suele ir acompañado de otros muchos sufijos, como en el caso de Barduli. En su versión con -d, vard-, aporta, como comenta Alicia Canto[28], una gran cantidad de topónimos en territorio vascón, pero, por el contrario, es bastante infrecuente prolongarlo con –s, como manifiesta Villar[29]. Para este caso, Villar comenta que no ha encontrado dentro de Hispania ni un sólo topónimo a cuyo sufijo bar- le acompañe la –s. En efecto, en el mapa que ilustra Villar sobre la hidronimia antiguo-europea[30] aparecen gran cantidad de ríos con este prefijo en todo el noroeste peninsular, desde Galicia a Cantabria, pero ninguno se prolonga con s: bares, bárcena, barcelada, barboliño, bariza, barbate, barbante, varzones. Como se aprecia, la s es, efectivamente, extraña: en ninguno de los nombres se produce un alargamiento del prefijo bar- con s. En su último trabajo Villar vuelve a reincidir sobre el tema asegurando que sólo encuentra escasas formas con s y siempre en grado cero, o sea, declinado, pero sin ningún otro componente léxico posterior añadido[31]. Yo sólo he encontrado un caso en el que la s esté presente, el antropónimo Barsamis, procedente de bhr-so ‘cabeza’ o ‘punta, extremo, cima’[32].
García Alonso apunta en el vocablo *barsko a un sufijo velar final –ko, típico del celtíbero. Pero, como hemos visto, para ello se necesitaría una asimilación de la -s a la vibrante (*bars-ko), que es algo, cuando menos, bastante extraño.
Desde luego, tanto García Alonso como Villar[33] no ven ninguna dificultad en reconocer, respectivamente, un sufijo hidronímico bar- y Vard- en el etnónimo que se asoma, por el oeste, en los confines de la región de los vascones y que se suele representar también con distinta grafía: Varduli/ Uarduli/ Barduli.
Además, García Alonso lanza una hipótesis para el etnónimo de los berones, mugantes de los vascones por el sur, en la que aprecia una derivación por medio de un sufijo nasal –n- de una base céltica bero-, bastante extendida
Lo que aquí nos interesa de esta especulación es la manera en la que desglosa los nombres que acaban en –ones, un sufijo que no es exclusivamente celta, sino también latino y griego. Para García Alonso, en todos estos pueblos, no siempre exclusivos de la celtiberia, se aprecia una raíz propia que va acompañada de la flexión gramatical –ones: Lus-on-es (pueblo quizá ibero), Ilerca-on-es (ibero), Ber-on-es, Vec-t-on-es, *aut(u)r-ic-on-es/ Autrigones (celtíberos todos ello). La terminación celtíbera –ones se solventa en el ámbito ibero con la latina –tani: jacetani, sedetani, etc., o con la propia ibera –sken a la que ya aludiremos más tarde. En muchos de estos casos estos etnónimos remiten a algún tipo de topónimo: García Alonso relaciona, por ejemplo, Luso con la ciudad de Lutia, de donde la ceca Lutiacos[34]. Carlos Jordán denomina a este tipo de modelo de declinación como ‘nombres de tema en nasal’ y encuentra varios ejemplos: melmu/ melmunos, etc., admitiendo en el grupo la voz que aquí nos atañe: barskunes[35].
Villar, con la solvencia que le ofrece su currículum, fue el primero que se atrevió a ir un poco más allá y aseverar categóricamente, en 1995, lo que los lingüistas del párrafo anterior entrevieron años más tarde: “Mi propuesta es que no se trata del nominativo del plural de un étnico sino del ablativo del singular de un topónimo flexionado según los temas en –n, cuyo nominativo sería probablemente *barsku o quizá *brasku y consecuentemente su ablativo habría partido de *barskuned o acaso *braskuned[36]. De entre las dos variantes que aporta Villar, García Alonso se inclina claramente por *barsc: “Si creemos que Vascones y baskunez guardan relación, creo que hemos de postular *Barskunes como el nominativo plural del ablativo que leemos como baskunez[37].
Por decirlo de una manera más asequible, lo que pretende decir Villar es que la leyenda no se lee vascones como plural del grupo étnico vascón, sino que habría que leer “por [el lugar de] *Barsku”, lo cual complica sustancialmente la cuestión. Para Villar/ Prósper, elegir entre una y otra raíz (*barsku o *brasku) sin ningún apoyo en la semántica sería simplemente gratuito[38]. Sin embargo, Villar sí que se molesta en encontrar términos análogos en Europa para *brasku, pero en ningún momento intenta desglosar o analizar la voz *barsku[39], a pesar de haber podido reconocer en ella, como hemos dicho más atrás, una raíz war- ‘río’. En las próximas líneas voy a intentar acercarme a su etimología y rellenar este vacío.
Llamarlo topónimo y no etnónimo significa aceptar la presencia de una ciudad que hasta ahora no ha sido nunca documentada y que, al igual que las cecas supuestamente contiguas de bentian y benkota, los investigadores no han podido localizar. Pero el argumento de su existencia resulta bastante plausible, ya que, como hemos visto, existen otros muchos ejemplos de este tipo en territorio ibérico, en el que es muy infrecuente que un grupo étnico acuñe moneda.
Burillo nos expone de manera muy esclarecedora el paisaje con el que se toparon los romanos a su llegada a la Península ibérica: “[Roma] nos describe la existencia de distintas etnias, como una realidad social capaz de articular en ciertos momentos las relaciones entre dichas ciudades. A diferencia del área ibérica, donde es frecuente encontrar etnias que han surgido como proyección de las ciudades-estado (Edeta da lugar a los edetanos, Sedeis a los sedetanos, etc.) en el ámbito celtíbero y con la probable excepción de los titos, no existe relación entre los nombres de las etnias y los de las ciudades. Esta importante peculiaridad debe analizarse en el marco de otros comportamientos sociales que diferencian a los celtíberos de sus vecinos iberos, como es la pervivencia de los grupos familiares”[40]. El panorama que nos describe Burillo coincide plenamente con el caso de los habitantes de una hipotética ciudad de *Barsku, de la que los romanos habrían forjado el etnónimos de los vascones.
En este punto me gustaría hacer un inciso para insertar un apunte sobre la equivalencia entre los términos vasco y vascón. Cuando antes he hecho referencia a las cecas del ‘territorio vascón’ he utilizado un término (vascón) que, por lo que se ve, no solo carece de registro documental, sino que además es lingüísticamente inviable. Si tomamos como base la historiografía moderna, esta ha tendido a interpretar vascón (ciudad vascona, caudillo vascón…) como el singular de vascones, sin tener en cuenta que el sufijo nasal –n bien pudiera haber sido la consecuencia de una flexión gramatical. En las fuentes antiguas el etnónimo siempre aparece declinado (vasconum, vasconis…) y no hay ni una sola vez en la que el vocablo vascón aparezca aislado en latín. No le falta razón a Tovar cuando aclara: “Comencemos por vascón, lat. vasco…”[41]. Hay sobrados ejemplos en los pasajes latinos de la utilización del vocablo vasco: con Silio Itálico en el siglo I, en cuatro citas distintas, aut Vasco insuetus galeae ferre arma morati/ Cantaber et galeae contempto tegmine Vasco/ Cantaber ante alios nec tectus tempora Vasco/ ac iuvenem, quem Vasco levis[42]; con Prudencio en el siglo III, nos vasco Hiberus diuidit[43]; y durante los siglos VI y VII con Venancio Fortunato, en tres citas, quem geta, vasco/ Vasco vagus arma pavescat/ Germanus, Batavus, Vasco, Britannus agit[44], e Isidoro de Sevilla, cum tenebat Vasco[45]. Aunque quizá no sea este ni el lugar ni el momento para reivindicar la inexactitud de un término que se nos ha colado desde todos los sectores, ya sean académicos o mundanos. Michelena lo expresa con su habitual laconismo: “No acabo de atreverme a escribir lígures que, como váscones, sería la acentuación correcta, conforme al patrón latino”[46].
Como podemos observar, aplicando las reglas repasadas hasta el momento, el antiguo etnónimo de los vascones se podría segmentar de la siguiente manera: Bar-sk-on-es. El mismo García Alonso lo sugiere de pasada cuando comenta: “No descarto que la raíz del nombre de los berones sea la misma que la que vemos en grado cero seguido de un alargamiento con -s- mas un sufijo velar (o bien seguida de un sufijo -sk-) en el nombre de los vascones”[47].
La anotación hecha entre paréntesis, casi al margen, por García Alonso tiene cierta transcendencia, ya que es la única que he encontrado que haga referencia a una posible raíz -sk- de este etnónimo que podría tener valor lexical propio y que hasta ahora ha pasado prácticamente desapercibida entre los autores.
A partir de aquí voy a realizar un análisis para intentar fijar la procedencia de esta raíz, echando una ojeada a nuestro alrededor para ver si encontramos algún dato que pudiera mostrar una afinidad con este elemento.
En primer lugar nos vamos a detener en Hubschmid que, en 1969, publicó un libro sobre los ligures, hablantes de una lengua probablemente preindoeuropea, que en su momento dio mucho que hablar y que todavía colea: Die asko-/ usko-suffixe und das Problem des Ligurischen[48]. No es cuestión de extenderse en explicar esta teoría reveladora de una especie de Panligurismo: “Hay quien ha llegado a imaginar que los ligures habrían sido los primitivos habitantes de toda la Europa Occidental”, ha asegurado Villar refiriéndose, posiblemente, a este autor[49]. Michelena hace un excelente resumen del libro en una reseña de cuatro páginas. El trabajo habla, básicamente, de la extensión de los sufijos -askus/ -uskus en la toponimia mediterránea (véase etruscos, volscos, la ceca ibera osku/ oskuken, etc.). Los relaciona con el vasco –ko, abundantemente representado en la antigua onomástica vasco-aquitana como hipocorístico o genitivo, dos partículas -ko que para Michelena sí que pueden tener un mismo origen. Pero Michelena, para el que el sufijo -sko es una ampliación relativamente tardía de –ko, acaba su recensión con una pregunta: “Finalmente, vasc. -ko (-ka) sí tiene réplica indoeuropea perfecta. ¿Es coincidencia, es puro efecto del azar o tiene motivación histórica?”[50].
Después de tantos años los intentos de avanzar en la investigación de este sufijo –ko no parece que hayan prosperado mucho. Vidal aseguraba todavía en el 2014 que “el sufijo -co tanto puede remitir al aquitano (Andrecconi, Belexconis, Silexconis), como al ibérico (bartasko, saniko)”[51].
El sufijo –ko, con sus innumerables variantes (-sko, -nko, -rko, -ako…), es el que con más frecuencia aparece en la toponimia y onomástica indoeuropea peninsular y, como comenta Rubio Orecilla, no parece que sean capaces de esclarecer el valor semántico de este tipo de formaciones[52]. En su trabajo sobre el descubrimiento del IV bronce de Botorrita, Villar et al. examinan los antropónimos celtíberos con sufijo -asko/ -isko/ -usko, el último de los cuales es bastante infrecuente. Entre los varios centenares de antropónimos que allí aparecen hay muchos con este sufijo. Un buen número de esta onomástica resulta ser, según Untermann, ibérica[53].
Si damos un brusco giro a nuestra labor de búsqueda, al este del entorno de los vascones nos encontramos con la ceca bolskan, cuya -n final, como hemos comentado más arriba, puede remitir al idioma vasco. Algunos autores, sin embargo, leen la leyenda ya no como Bolskan sino como Bolsken, con la terminación –sken, una indicación de étnico, de pluralidad y de pertenencia propia de las cecas iberas equivalentes a un localicio del tipo –tani (ausetani) y -getes (ilergetes)[54]. El topónimo se podría no identificar, como sugiere Jordán, con la raíz latina Osca de Huesca[55], sino con los boletani, quizá en la actual Boltaña, localidad situada 60 Km. al norte de Huesca, aún más adentro de lo que se supone que era territorio de habla vasca. De Hoz y Schuchardt llegan a segregar el elemento en tres partes, s-ke-n y el primero lanza una conjetura: “Podemos pensar como hipótesis en una combinación de elementos, -es = indicación de origen, -en = indicación de pertenecia, -ke = formador de étnicos o pluralizador”. Para ambos el elemento morfológico ibérico -(e)sken podría estar ligado a las declinaciones vascas. De Hoz considera su análisis incluso “digno de ser archivado a la espera de más información”[56].
Si continuamos con el análisis del radical -sk- y dirigimos nuestra mirada hacia el norte, allí nos encontramos con la tribu aquitana de los Auscii/ Auskioi, la más importante de su territorio, situada en lo que es hoy la ciudad de Auch. La cercanía y más que probable vecindad con los vascones induce a tomar en consideración la posible relación entre dos fonemas que muchos suponen equivalentes, Auski y vasco, y sospechar que estos podrían tener una vinculación directa con la raíz eusk- del glotónimo euskera. Incluso si miramos hacia el este (y salvamos las distancias temporales, evidentemente) nos encontramos también con un topónimo que presenta este radical, Ipuscoa, cuya primera referencia se encuentra en un documento del año 1025[57]. La similitud fonética de todos estos términos con esta raíz eusk- que, supuestamente, es el idioma hablado por los pueblos que habitaban entonces ambas vertientes del Pirineo, parece tan manifiesta que merece la pena detenerse un momento a analizar el hecho.
Por de pronto, hay que señalar que, para Villar, el topónimo Auski más parece estar relacionado con una raíz *aus, de difícil catalogación, pero muy presente en la actual ciudad de Auch y otros antiguos nombres como ausa, ausona, ausetani y ausoceretes[58].
Si nos centramos en el glotónimo euskera, tenemos que acudir a los lingüistas que emplean todos sus esfuerzos desentrañar el protovasco. Lakarra deriva esta voz de una reconstrucción verbal *enotsi, bastante identificable en la variante inotsi ‘manar’. A partir de ahí y aplicando sus conocimientos fonológicos y morfológicos, precisando al máximo las variables y completando en lo que puede el paradigma, asegura: “Tendríamos así *e-(ra)-non-tz-i + -(k)ara, de donde pueden derivarse (h)euskara y el resto de las formas alegadas por Irigoyen”[59]. Tanto Gorrochategui como Lakarra disintieron, hace bastantes años y taxativamente, del étimo conjunto entre Auski y eusk-, ya que la variedad de todos los dialectos remontan a una forma original que debiera ser un diptongo *eu y, en su caso, el cambio au- > eu- no sería, de ninguna de las maneras, justificable[60]. Sea como fuere, al final permaneció un elemento cuyas variantes actuales que consigna Euskaltzaindia (euskara, auskera, uskara, eskuera, eskoara, etc.) son, según los expertos, imposibles de aplicar como aclaratorias de aquellas otras que quedaron atestiguadas en las fuentes antiguas y que he mencionado para nuestro caso: *Barsko, Auski o Ipuskoa.

Y si, después de descartar todas estas posibilidades, volvemos a retomar en este punto las tesis de Villar sobre el morfema *war- ‘río’, podríamos continuar tirando del hilo para ver hacia dónde nos conducen las investigaciones.
Villar, en su libro del año 2014 “Indoeuropeos, iberos, vascos y sus parientes”, defiende una teoría que es esencial para entender el carácter de su trabajo: la del itinerario de la evolución semántica de algunos componentes de la onomástica arqueo-indoeuropea desde ‘río’ hasta llegar a significar ‘poblado, aldea, ciudad’. Pone como ejemplo el apelativo árabe wadi ‘río’, que en España no sólo designa ríos, sino también orónimos (Sierra de Guadarrama) y corónimos (Municipio de Guadarrama), sin que por ello haya necesariamente un río llamado Guadarrama[61]. Este formato semántico fue absolutamente común en la prehistoria europea, cuando los primeros pobladores aprovecharon las orillas de los recursos hídricos buscando  habitación, protección y alimento. Su conclusión es la siguiente: “De la misma manera que durante la etapa en que los asentamientos humanos se erigieron en alturas hubo apelativos ‘alto, elevado, colina, monte’ que se desplazaron semánticamente a significar ‘asentamiento humano > ciudad’ (brig, burg, dunum, etc.), es obvio que durante las largas etapas en que se establecían en ríos y otros fenómenos hídricos algunos apelativos ‘agua, río’ llegaran a sufrir un desplazamiento semántico similar para pasar a significar ‘asentamiento humano’ (> ‘ciudad’)”[62]. Como ejemplo, señala raíces entre las que figuran algunas de las que ya conocemos del euskera moderno como ur- e il- (iri-).
Esta misma teoría se podría aplicar al topónimo Ipuscoa que hemos citado antes, ya que Villar cita también ip-/ ib- como componente onomástico para ‘rio/ ciudad’, comparándolo con los famosos ibones del Pirineo y mencionando la coincidencia fonética y semántica con otros vocablos como Iberus o el euskera ibarra ‘valle’[63]. Villar, sin embargo, no hace ninguna referencia al topónimo medieval Ipuskoa, ya sea por descarte o por descuido. Por el contrario, especula con la posibilidad de que el tartésico de la Bética Ipsca pertenezca a esta serie y que sea una forma sincopada de *Ipisca.
Esta misma fórmula que utiliza Villar para este último reconstructo toponímico se puede aplicar al etnónimo barskunes. Si reconocemos como primer elemento el celta bar-, el segundo debería comenzar con una vocal que como en el caso de *Ipisca se ha caído por ser átona. *Barsko sería, por consiguiente, una síncopa de *Barisko.
La epigrafista Alicia Canto es la que nos sugiere una hipótesis que a mi modo de ver es bastante acertada: “El radical indoeuropeo *sk nos lleva precisamente al líquido elemento”[64]. Así lo certifica Villar, para el que el componente *eis-/ ais-/ is-, una raíz hidro-toponímica aislada ya por Krahe en 1964[65], es un tipo de adjetivación que alude a un concepto de corriente ‘rápida’ o ‘veloz’[66]. Así lo sugiere también Carlos Jordán, para el que la raíz *eis-/ *ois-/ *is es una característica del agua que significa “moverse impetuosa, rápidamente”. Jordán acude al diccionario etimológico de Agud/ Tovar donde se asegura que en el calabrés iska ‘matorral de ribera’ “se trataría de una formación is-ka, es decir, grado cero de la raíz *eis- más un sufijo –ka[67]. En cuanto al radical final –ka/ -ko, Villar comenta que el procedimiento de determinación con –ka/ -ko del vasco y el ibero es muy similar al que tienen el celtibérico y la lengua de los teónimos occidentales en la época antigua[68]. Es, por consiguiente, un componente muy común de los nombres antiguos, como ya hemos comentado anteriormente, cuando nos hemos referido al sufijo final de la onomástica peninsular terminada en -asko, -isko, -usko.
Centrémonos, por lo tanto, en analizar un posible componente lexical *(e)isko que pudiera encontrarse presente en el topónimo original *Bar(e)isko.
Antes hemos comentado cómo Tovar acentuaba la voz váscones. De la misma manera se podría haber acentuado la voz *Bár-(e)is-ko en la primera sílaba, como también ocurre con Bárdenas o Ándelo[69]. Con la caída de la vocal átona i por síncopa, resultaría *Barsko, que significaría algo así como “la ciudad de los rápidos”. Utilizar un adjetivo como “los rápidos” para denominar a un área hidrográfica no es algo nuevo, sino que lo podemos observar con facilidad en nuestro entorno, en donde los ríos forman con frecuencia barrancos de aguas impetuosas. Un concepto analógico muy parecido es el que tenemos en el desfiladero que forma el Arga, aguas abajo de Iruñea, y que es comúnmente conocido como “los Saltos de Sarría”.
Si nos ponemos a rebuscar en la toponimia del noreste navarro, que es la zona donde supuestamente se sitúa la ceca de los barskunes, nos podemos encontrar con varias sorpresas. La primera de ellas es que a la entrada de la misma Foz de Arbayún se sitúa un pueblo de nombre Iso que no sería más que la raíz en grado cero de toda esta toponimia, y que se podría traducir como “las aguas rápidas” que se forman en este desfiladero del río Salazar. Paralelo al Salazar hacía el este corre el río Esca que baña la localidad de Burgui, significativa por el hecho de ser un topónimo que encierra en sí mismo el concepto de “fortaleza”[70]. Desde luego que se me hace tremendamente sugerente vincular topónimos actuales como Burgo de Esca y Castillo de Iscar (Castiliscar) con la Ciudad de *(E)isko que aquí estamos proponiendo. Pero continuemos buscando indicios que nos pueden servir de ayuda para reafirmarnos en estos datos.
Alicia Canto, para la que ya hemos dicho que comentaba que el radical –sk- nos acercaba al líquido elemento, enumera una serie de topónimos del entorno que contienen este componente: el río Esca, que atraviesa el Roncal y Salvatierra de Esca y que desemboca en el Aragón cerca de Esco/ Escó, cerca también de Castiliscar, que “en los mapas del siglo XVII ya citados aparece como Castillescar”. La propia Canto se atreve a conjeturar que, donde Ptolomeo dice Iákka, habría que leer Iskka, relacionándolo con todos estos topónimos de base prerromana[71].
 Canto, la historiadora que más ha insistido a la hora de localizar las cecas y ciudades vasconas, sitúa a los barskunes en la zona de Rocaforte/ Sangüesa o Pamplona[72], justo en el centro neurálgico de la zona donde se agolpan todos estos topónimos. A su listado se pueden añadir otros muchos. Belasko y Gartzen Lacasta[73] citan una buena cantidad de topónimos con esta raíz en la zona del Alto Aragón y noroeste navarro: Escarán, Escarra/ Escarrio/ Euscarri, Escalate, Escároz, Escániz, Escay, Ezkaiturria, Ezkaurre. La mayoría de ellos con un componente final claramente vasco, desde haran ‘valle’, harri ‘piedra’, aurre ‘frente a’, el discutido sufijo -oz[74] y quizá ate ‘portillo’. Algunos otros solo contienen el componente inicial is-: Eisaga, Isarre/ Isuarre, Eserbe/ Izarbe e Isabal/ Izabal, acompañados también por elementos vascos como aga ‘lugar’, harri ‘piedra’, be ‘debajo’ y zabal ‘amplio, extenso’.

Jordán[75] cita también varios Iso/-a en la península y localiza el componente vasco iz-, que equivaldría a esta raíz paleoeuropea, en algunos vocablos y topónimos vascos actuales como los navarros Iza e Isaba y el apelativo aragonés izaga ‘junquera’ que se puede relacionar con el anteriormente citado Eisaga y la peña Izaga.
La tendencia de los lingüistas vascos es a asociar este tipo de toponimia con el vasco i(h)i ‘junco’[76]. Así lo confirma también Belasko hablando del topónimo Iso/ Izu/ Iza que antes hemos citado en raíz cero, pero que él identifica con i(h)i más sufijo abundancial -zu. En algunos casos parece evidente si consultamos las viejas variantes de estos topónimos: Higa > Ihiga, Hiiga; Iza > Hiiça, Ihiza[77]. Sin embargo, habría que tener muy presente lo que él mismo comenta de topónimos como Izko, Izkue y Izagaondoa, que parecen proceder de una raíz eis-, ya que, como sucede con el citado Eisaga/ Izaga, estos están acreditados ya desde antiguo (1124): Ehizcue, Eyzco y Eyçagondo. Belasko comenta refiriéndose a (h)aitz ‘peña’ e i(h)i ‘junco’: “… las ya citadas formas antiguas impiden seguir ese camino que nos proporcionaría etimologías tan satisfactorias”[78].
La toponimia más antigua parece confirmar también que según las normas del romance la z acabó evolucionando a s como en nuestro caso Ezka > Esca[79]. El sufijo –ko se feminiza también desde antiguo en –ka como sucedió con abarca, *ibaika o artica[80].
No sería arriesgado deducir que la supuesta ciudad de *Bár(e)isko se habría ubicado a la orilla de algún río de aguas rápidas y turbulentas como las que atraviesan los desfiladeros de estas montañas. Ni las crónicas ni la tradición oral han querido dejarnos indicios de la existencia de un topónimo parecido, aunque las localidades de Burgui de Esca o Castillo de Iscar (Castiliscar) bien nos pudieran aportar una buena pista sobre su emplazamiento. Podríamos además traer a colación el cercano pueblo de Lumbier que albergaba a uno de los pueblos que habitaban el territorio vascón, los iluberitani[81], vecinos de una sugerente “villa nueva”.
Como curiosidad diré que un documento del año 1616 nos proporciona, como bien comenta Lopez-Mugartza, una información inesperada. En él se alude a una endrecera o paraje llamado bascoettar bidea en la villa de Sansoáin del cercano valle de Urraúl, a 8 Km. de Lumbier[82]. De la misma manera que se denomina al natural de Bilbo Bilbotar o al de Gazteiz Gazteiztar, la voz bascoettar nos conduciría a un “natural de Bascoe”, que él identifica como Vasconia, por una muy posible caída de la nasal, muy frecuente en euskera[83], aunque cabría la posibilidad de imaginarla como la ciudad de *Barsko.

Llegados a este punto de disección del topónimo, podemos aplicarle el criterio que formula Villar en su último libro para la formación de este tipo de toponimia antigua. El primero de los criterios dice [los corchetes son aclaraciones mías]: “Cuando un topónimo procede de la fosilización de un sintagma toponímico híbrido [*Barsko] con estructura determinativa (= apelativo determinado [*bar- ‘ciudad] + topónimo determinante [*-(e)isko], la lengua mediante la cual se explica etimológicamente el topónimo [*-(e)isko] es más antigua en el lugar que aquella por la que se explica el apelativo [*bar- ‘ciudad]”[84]. Si aplicamos sus explicaciones a la leyenda barskunes, podemos segmentarla de la siguiente manera “…la lengua más antigua será siempre la que pone el topónimo simple propiamente dicho [*-(e)isko, raíz preindoeuropea]; le sigue la que pone el apelativo y/o el sufijo derivacional [*bar- ‘río/ ciudad’, raíz indoeuropea]; la más reciente en entrar en contacto con el topónimo de entre las que intervienen en la configuración de la forma final es la que pone el sufijo flexional [-ones ‘de/ por’, raíz celto-berona]”[85].

Expuesto todo lo anterior ya no me queda más que proponer la interpretación que más acertada me parece: que la leyenda barskunes que figura en las primeras emisiones de monedas que se acuñaron en el territorio navarro se traduzca “por la ciudad de *(E)isko”, un topónimo prerromano muy común en la zona del noreste navarro y el Alto Aragón. Una ciudad que, hacia el año 150 a. C., se erigió como la más importante del Pirineo occidental, una condición atestiguada por el hecho de ser la de mayor volumen de acuñación en un territorio que fue ganando en importancia estratégica.
Se encontraba situada en una región en la que, con la primera crisis del ibérico hacia el siglo V a. C.[86], se habían creado las condiciones para la “celtización” desde las riberas del Ebro hacia el norte, aculturizándose la depresión, paulatinamente, hasta las estribaciones del Pirineo. Pero la influencia celta que sufrieron estas tribus pirenaicas no estuvo suficientemente implantada como para que, con posterioridad y debido a la crisis del grupo étnico celtibérico en las siguientes centurias, estas comunidades indígenas del norte no hubieran podido sacudirse de encima la presión de la cultura celta.
Hablar, por consiguiente, de vascones en aquella primera mitad del siglo II a. C. no sería razonable. Los vascones como etnia no existían. Lo que la historiografía ha entendido como un etnónimo lo tomaron los romanos de una leyenda, ba(r)skunes, que aludía a una ciudad-estado, pero que a ellos les sirvió para denominar a un territorio que identificaban gracias a una ceca que llevaba años acuñando y poniendo en circulación monedas que eran de uso común en la zona. Era frecuente que estas leyendas se trasformaran entonces en etnónimos.
Aunque no haya una opinión consensuada sobre cuáles fueron los criterios que utilizaron los romanos para definir a un grupo étnico, sí que se puede constatar que en muchos casos son, simplemente, etnónimos exógenos creados por fuentes eruditas externas (como el antiguo “celtíbero” o el más moderno “subsahariano”), que nada indican sobre la conciencia étnica del grupo al que definen. Este mismo habría sido el caso de los vascones, “una etnia artificiosamente creada por Roma a partir de comunidades culturalmente diversas”[87]que se consolidó de manera coetánea a la aparición de las monedas hacia el siglo II/I a. C., y seguramente por efecto de ellas.
El supuesto “expansionismo vascón” no hay que entenderlo, por consiguiente, como la dispersión de una etnia, sino como la de un término de difícil definición. Mientras el término vascones se extendía, el antiguo euskera cedía su espacio desde el este. Se podría hablar, según Beltrán, de “una caracterización más bien recesiva de la cultura eusquérica en la región”, un parecer que también apoyarían Fatás, Pérex Agorreta y Velaza[88]. La voz se extendió hacia el sur, conquistando un espacio que iba quedando arrasado por las guerras celtibéricas y sirvió a los historiadores romanos, 200 años después, para designar a la región que bañaba las aguas del valle medio del Ebro, abarcando en su margen derecha ciudades como Calahorra y Graccuris, incluyendo también zonas de fuerte presencia celtíbera e ibera.
Que *Barsko fuese una ciudad parece fuera de toda duda. A pesar del peso político que tuvo y por alguna razón que desconocemos, desapareció, no siendo citada por ninguna fuente posterior. Cabe la posibilidad de que se hubiera erigido sobre ella una ‘nueva ciudad’ (¿Iluberi? ¿Campo Real?), aunque resulta difícil de creer, no solo por la importancia eventual que tuvo, sino porque los romanos no acostumbraban a cambiar el nombre de las ciudades que no se erigían ex novo[89]. La propuesta etimológica que aquí hago no es más que la consecuencia de todos los datos que he ido recabando al margen durante el trabajo, y que, llegado un momento, me han parecido suficientes para formar una teoría sólida que aporte una nueva visión sobre el término étnico.

A modo de recapitulación convendría realizar un par de puntualizaciones sobre esta etapa que significa la evolución de una sociedad estructurada en ciudad-estado muy heterogéneas hacia otra de índole identitaria más homogénea.
En el capítulo sobre las comunidades indígenas que habitaron el solar de los vascones habíamos concluido que a la llegada de las primeras legiones romanas el universo indígena estaba organizado en ciudades-estado que articulaban el poblamiento de toda la región. Estas ciudades ejercían su dominio sobre una órbita de pequeñas aldeas a las que no las vinculaba necesariamente ningún tipo de particularidad, ya fuera lingüística, costumbrista o geográfica. Era simplemente una herencia directa de 5000 años de desarrollo que habían derivado, por medio de un proceso socio-político, desde una sociedad de lazos familiares (sobre todo en el grupo étnico de los iberos, FB, pág. 349) a otra organizada y cohesionada de un modo mucho más complejo.
A partir del siglo II a. C. fueron las mismas ciudades las que dieron nombre a las etnias que conformaron aquella sociedad. Con la llegada de los romanos las etnias, por razones meramente prácticas, no quedaron del todo diluidas en el entramado político-administrativo que vertebraba el territorio. Estos pueblos nacían, en principio, sin conciencia ni identidad propia de pueblo. Los vascones, de hecho, no la tuvieron hasta la creación del Reino de Pamplona en el siglo IX. Como sucedió con los celtíberos, etnónimo inventado por Roma, la de los vascones fue una etnia artificiosamente creada por roma con la intención de ordenar la realidad de un territorio que pretendía ir más allá de un sistema organizado por ciudades, hacia uno que contemplara a las etnias como realidades sociales capaces de vertebrar las relaciones que se establecían entre las ciudades. Tomar el nombre de ba(r)skunes, la leyenda con la que se encontraban en las monedas que más circulación tenían, era una cuestión, más que otra cosa, de utilidad (BV, pág. 106). Los factores que les llevaron a distinguir entre estas tribus no siempre son evidentes, pero convinieron en identificarlas de manera desigual ya fuera por el habla o por sus costumbres, leyes, rituales o vestimentas (FB, pág. 121-146). Cuando el geógrafo griego Ptolomeo compuso su célebre mapa hacia el siglo II, en época imperial, se sirvió de los etnónimos para conformarlo a pesar de las divisiones administrativas romanas imperantes.
Parece comúnmente aceptado por toda la comunidad científica que la diferenciación lingüística es el aspecto que más identidad da a una etnia. Pero conviene aclarar que etnia no es en ningún momento sinónimo de lengua, que ambos términos no son correlativos y que una etnia puede tener varias lenguas, de la misma manera que una lengua puede ser hablada por varias etnias. Es fuerza reconocer que el vínculo entre sociedad y lengua puede llegar a ser tan estrecho que esta puede llegar a evolucionar de manera independiente y mostrarse totalmente ajena al conjunto de cambios socioeconómicos y políticos que se generan a su alrededor.
Los términos que utilizan los romanos para denominar a las etnias suelen ser transcripciones de denominaciones indígenas. Burillo asegura sobre el concepto de ‘celta’ que el nombre “está lejos de presentar ningún tipo de uniformidad; muy al contrario, esconde una compleja, multiforme y plural realidad histórica, étnica, arqueológica y lingüística” (FB, pág. 24). El concepto de etnia puedeactuar de un modo muy diferente en unos casos y otros: una comunidad puede llegar a no ser consciente de su etnicidad, a pesar de ser tomada como referencia para denominar un territorio; la perduración de su nombre no siempre implica que su contenido se haya mantenido homogéneo; puede llegar incluso a trascender políticamente y crear su ciudad-estado, pero también puede continuar existiendo el término a pesar de que su esencia se haya visto profundamente alterada o carezca ya de connotación étnica. González Echegaray comenta: “Sin que los desplazamientos topográficos de los nombres de los pueblos supongan necesariamente un corrimiento de gentes, sabemos que se trata de un fenómeno, aún no suficientemente estudiado, que se produce de forma general en toda esta amplia región”. (GE, pág. 103). Muchos etnónimos y topónimos fluctúan de un lado para otro a través de la Historia, debido más bien al capricho de la literatura erudita y los vaivenes del poder político. Es el caso de Aquitania que mantuvo su frontera en el río Garona, primero hacia el sur hasta el Pirineo y después hacia norte hasta el Loira. El corónimo Cantabria también trashumó hacia el este hasta La Rioja, bautizando con su nombre a la sierra de Cantabria al norte de Laguardia. A Castilla se le llamó Vardulia y el mismo etnónimo Vascones se convirtió en su día en lo que hoy es Gascuña.
Los celtíberos también debieron soportar una alteración en sus ámbito territorial, aunque esta fuera por motivos mucho más  tangibles. La dos guerras que mantuvieron con los romanos en el II a. C. y los enfrentamientos entre Sertorio, Pompeyo y Cesar (que como comenta Burillo se percibieron casi en clave de guerra nacionalista entre hispanos y romanos, FB, pág. 317), mermaron significativamente las energías de aquellos y les hicieron perder terreno. Las misma fuentes latinas acabaron situándoles escorados hacia el noroeste, en territorio berón. Los vascones les ganan terreno por el norte y los edetanos de etnia ibera por el este. Burillo comenta: “Parece percibirse que en la opción elegida por cada una de las ciudades autónomas en el apoyo a uno u otro bando pueda existir una trascendencia de sus vínculos étnicos” (FB, pág. 330). Sobre todo teniendo en cuenta que se trataba de un territorio poliétnico en el que por un lado se encontraban grupos de etnicidad celta y por el otro del tipo vasco-iberista.

Pero para ir desgranando la situación lingüística de nuestro pueblo en el preámbulo de la Historia convendría exponer primero el contexto en el que se movían todas sus tribus vecinas al comienzo de la era romana y poder encontrar así paralelos que las vinculen. Para ello habremos de recurrir, como no, a las propias fuentes clásicas romanas, a las evidencias arqueológicas y también a los trabajos de investigación llevados a cabo sobre toponimia, epigrafía, lingüística, etc. Empezando por el norte y siguiendo las manecillas del reloj voy a ir describiendo las teorías sobre el vínculo cultural que unía a estos pueblos.

Aquitanos: En el inicio de La guerra de las Galias de Julio César se hace la primera cita explícita sobre la disparidad cultural de los habitantes del otro lado del Pirineo: "La Galia está dividida en tres partes, una de las cuales la habitan los belgas, otra los aquitanos y la tercera quienes se llaman celtas en su propia lengua y galos en la nuestra. Todos ellos difieren entre sí en la lengua, las instituciones y las leyes" (LN, pág. 37). Una percepción que poco después corrobora Estrabón cuando asegura que “los aquitanos difieren de la raza gala tanto por su constitución física como por su lengua, ya que tienen más parecido con los iberos” (MG, pág. 52). Aquitania se extendía hasta el Garona y estaba compuesta de nueve pueblos, entre los cuales estacaba el de los Auscii (Auski/ Auch). Toda la barrera infranqueable que, desde la perspectiva actual, hoy suponen los Pirineos, no era en aquellos tiempos de pastoreo más que un nexo de unión entre ambas vertientes. Todos los expertos coinciden en resaltar que el idioma utilizado por los aquitanos era el antecesor del actual euskera. Así nos lo confirman todos los descubrimientos de inscripciones vasconas realizados en la zona aquitana a los que aludiremos más tarde y también en el capítulo sobre el euskera arcaico. A pesar de la teoría extendida de que los vascos de este lado del Pirineo provinieron de distintas oleadas sucedidas durante la Alta Edad Media desde el norte (‘Vasconización tardía’), hay todavía quien sugiere precisamente lo contrario. A pesar de las contundentes afirmaciones de Cesar y Estrabón sobre las afinidades entre las comunidades de ambos lados del Pirineo, hay incluso todavía historiadores que aseguran que esas inscripciones vasco-aquitanas no son más que el producto “de la deportación de indígenas hispanos (conocidos desde entonces como convenae), a causa de su participación en la rebelión del general romano Sertorio” (JV, pág. 103). Esta idea del exilio de contingentes de Navarra no es del todo descabellada, pero estos habrían llegado a un territorio cultural afín. No sería extraño que algunos individuos cultivados en las letras hubieran arribado desde el sur por motivo de las guerras y hubieran dejado aquellas inscripciones en un territorio de habla vasca aunque todavía sin aculturizar. Hay que recordar que mientras los romanos ya se encontraban en Jaca en el año 195 a. C., Aquitania no fue definitivamente dominada hasta el 27 a. C. (MG, pág. 55). Las inscripciones  aquitanas son más recientes y menos elaboradas que las vasconas. Gorrochategui/ Ramírez comentan: “Los altares procedentes de estos santuarios no urbanos del territorio cónveno nos proporcionan una imagen de un culto practicado por gentes autóctonas de extracción más bien humilde” (GR, pág. 139). Verdad es que el apellido Andelo es muy común en época medieval en Iparralde y actualmente en Francia, incluso aún como topónimo, lo que podría ser un indicio de estas migraciones (¿). Importante es también el dato del Cosmógrafo de Rávena, escrito en el siglo VII sobre documentos del siglo III, en el que los territorios del norte de los Pirineos fueron transcritos como Vasconia, mientras para el sur se reserva el término Spanovasconia (MG, pág. 65; SS, pág. 74).

Iberos: En cuanto a los vínculos culturales de los vascones con los pueblos que habitaban las regiones peninsulares hay más disconformidad de criterios. El ibero era un grupo étnico que se extendía por todo el levante mediterráneo. Era una etnia preindoeuropea, o sea, como los vascones, anterior a la llegada de todas las hordas celtas a Europa a finales del segundo milenio antes de Cristo. Representaban la cultura más próspera y floreciente de toda Hispania, gracias, sobre todo, a sus antiguas relaciones comerciales con fenicios y griegos. Pero, a juzgar por las primeras referencias que se tienen de ellos, no parece claro que los iberos hubieran estado previamente asentados en la península. Silio Itálico, por ejemplo, en un intento de realizar una interpretación étnica del entorno pirenaico, asegura que los Pirineos separan a los iberos de los celtas (FB, pág. 20). En la franja que separa a vascones de iberos se sitúa el pueblo de los jacetani cuya adscripción étnica aún está por determinar. Estos aparecen en las historia bastante antes que los vascones, lo que puede ser un indicativo de su importancia. Pero medio siglo más tarde, durante la época de las acuñaciones, el hecho de que los jacetani no acuñaran moneda de plata les resta consideración étnica, otorgándoles una meramente toponímica, razón por la que no se pueda asegurar que Jaca fuese una capital étnica (BLl, pág. 70). Aparte de cuestiones meramente literarias, Vidal apunta un par de importantes datos que los vincularían étnicamente: “La posibilidad de igualar vascones con iacetanos estaría respaldada además por la extensión de los ‘cromlechs’ (pues al sur de los Pirineos abarcan una zona comprendida entre Alsasua y Andorra), al ser un fenómeno que une iacetanos y vascones; teniendo además una idéntica extensión los topónimos acabados en -oz, -ués, -òs (JV, pág. 121; véase también Gorrochategui en JG1, pág. 546)
A los ilergetes que ocupaban toda el oriente pirenaico se les tiene por iberos, aunque hay también quien asegura que parte de sus poblaciones pudieron ser vascoparlantes. Los estudios realizados por Corominas en 1960 y Menéndez Pidal en 1962 sobre la toponimia actual de esa zona del Pirineo han dado como resultado una abundante cantidad de voces vasconas. Pero esta teoría cojea por un lado, porque, como señaló Untermann en 1988 (LN, pág. 158), está basada en la toponimia actual proveniente del medievo en detrimento de la antigua.

Fuente: Sobre el mapa de monedas e inscripciones paleohispánicas de Hesperia (en azul, ibérica, en morado, celtíbera) he dibujado tres círculos que resaltan las tres zonas que revelan onomástica vascona. En el norte, la vasco-aquitana con antropónimos y teónimos. Entre Ejea y Jaca una onomástica representada, por ejemplo, por el Bronce de Áscoli. En los alrededores de Andelo, una mayoría de teónimos. Los puntos rojos corresponden a la línea de crómlechs. Como se ve la zona pirenaica ocupada por los crómlechs no registra lugares habitados durante la Edad de Hierro (son los puntos negros que he tomado, sobre todo, del libro sobre Navarra de Armendáriz). Que el Pirineo navarro muestre una ausencia de poblados de esta época puede deberse a lo intrincado del terreno, que ha podido ocultarlos, o a que se ha construido sobre ellos. El epitafio final en un trabajo de Carlos Jordán es significativo: “¿Por qué existe esa diferencia documental entre una margen y la otra del Valle Medio del Ebro?” (CJ2, pág. 28). A la escasez de inscripciones celtas o ibéricas, debemos añadir la de yacimientos. En comparación con el resto de Aragón, esta zona resulta extrañamente pobre en ellos.

La lengua ibera era, como el vascuence, un idioma transfronterizo que se extendía hasta cerca de Montpellier. Ambos idiomas estuvieron, por lo tanto, en estrecho contacto en ambas vertientes de la cordillera. Sobre todo lo que se ha especulado sobre el posible parentesco entre el euskera y el ibero tampoco conviene explayarse mucho. El principal problema ha radicado en que mucha gente se ha dejado llevar por el enigma de una lengua que fue la más escrita de la península, que utilizaba un signario de caracteres extraños (de origen probablemente tartésico), que se ha llegado a descifrar y se puede leer, pero que no se entiende en absoluto. Y el recurso del euskera, lengua milenaria que ya entonces era vecina, es demasiado tentador.
Los últimos estudios parecen evidenciar claras similitudes entre ambas lenguas, sobre todo a partir de la clasificación de los numerales realizada por Ferrer i Jané (FJ, pág. 470). Este último reduce en una tabla los átomos del sistema de numerales ibérico: (ibero euskera) 1/2 erdi erdi; 1 ban bat; 2 bi(n) bi; 3 irur (h)iru(r); 4 lau(r) lau(r); 5 bors(te) bortz / bost; 6 sei sei; 7 sisbi zazpi; 8 sorse zortzi; 9 ¿?; 10 (a)bar (h)amar; 20 orkei (h)ogei. El sistema numeral es también de base vigesimal: 30 (20 + 10) orkei(ke)(a)bar hogeitahamar. Pero aún es temprano para hablar sobre el grado de parentesco entre el euskera y el ibero.
Para abordar este tema con ciertas garantías lo primero que se debería de realizar es un estudio en profundidad, como comenta Velaza, de los “diversos morfos que se puedan aislar” (LN, pág. 273). Habría que centrarse en establecer formas canónicas teniendo en cuenta la sufijación, raíces, morfemas, marcas de género, de número, de declinación, estructura, composición…, para poder demostrar algún parentesco cercano entre ellas. Lakarra, que es el lingüista más competente en la materia, está realizando grandes adelantos en la reconstrucción del protovasco.

Celtas: El celta fue un pueblo llegado de Asia que, con el cambio de milenio, fue penetrando en la península en pequeñas oleadas. Esta cultura suele recibir el apelativo de “Campo de Urnas” por poseer un peculiar ritual funerario: los cadáveres se incineraban y depositaban en urnas en necrópolis adaptadas extramuros para tal efecto. Las tumbas evidenciaban una jerarquización social como hasta ahora no se había observado en las comunidades autóctonas. Culturalmente era un pueblo más limitado que el ibero, pero con la “crisis del Ibérico Antiguo” del siglo V a. C. (como así la llama Burillo, FB, pág. 222) se crean las condiciones necesarias para que florezcan las ciudades-estado celtas, en un fenómeno común a toda la península y sincrónico a la cultura de la Tène. Como ya habíamos comentado en el capítulo sobre las comunidades indígenas, en nuestra zona se comienza a apreciar indicios de la presión celta a partir del Hierro medio hacia el V a. C.. con la proliferación de pequeñas ciudades y la destrucción de las aldeas anteriores. Las primeras fuentes escritas del siglo IV a. C. llaman a la península con frecuencia la ‘Céltica’ mientras que el nombre de ‘Iberia’ queda relegado para la zona norte del Pirineo.
Primero fue Schulten y después Untermann los que, ateniéndose a datos exclusivamente lingüísticos, supieron fijar con claridad, dos mil años después, los límites de las dos grandes etnias que habitaban la península a la llegada de los romanos. Untermann trazó una línea que, escorada con una pequeña panza hacia el mediterráneo, recorría toda Hispania desde Donostia hasta Cadiz. A la izquierda situó las ciudades célticas que incorporaban el compuesto –briga, y a la derecha las iberas de sufijo ili-, ambos términos sinónimo de ‘ciudad’ (FB, pág 23).
En la márgen derecha del Ebro, haciendo frontera con los vascones, Estrabón nos habla de los celtas “que hoy se llaman celtíberos y berones” (FB, pag. 21). La denominación de ‘celtíbero’ puede inducir a error ya que no se trata de ninguna mezcla entre celtas e iberos, sino que es un término de acuñación romana con el que designó a un grupo étnico concreto de raíz celta.
Según Armendáriz los berones tuvieron su asiento más importante en el suroeste de Navarra entre el Monte Cantabria de Logroño, el poblado de La Custodia de Viana y la ciudad de Varea de Logroño entre el siglo IV a. C.. y el V d.C., asegurando que “pudo presumir de tener la mejor vajilla fina del momento de producción autóctona […] realmente de calidad, combinadas con otras destacadas producciones itálicas importadas o copiadas […]. Adoptó sin ambages las nuevas costumbres y doctrinas arribadas desde Roma, lo que demuestra que, por lo menos, algún sector de esta ciudad berona alcanzó altos niveles de bienestar y connivencia con la sociedad romana” (JAM, pág. 288). Utilizaron el mismo alfabeto que los iberos, pero lo más llamativo es que comenzaron a utilizarlo cuando los romanos ya se habían instalado en la península. El porqué de esta negativa a escribir en latín, salvo contadas excepciones, a pesar de tener los romanos un sistema mucho más apropiado para la escritura, nos sigue resultando por ahora un misterio. Son varios los autores que señalan la influencia berona y no celtíbera del territorio vascón (Burillo en Villar/ Fernández 2001, pág. 67; García-Bellido en Villar/ Beltrán 1999, pág. 213). Su vínculo con los vascones parece, de cualquier manera, más bien escaso hasta el punto de que sorprende la poca influencia mutua que evidencian dos idiomas que se supone que han estado en contacto durante unos 700 años hasta la llegada de los romanos.

Mapa con la distribución de etnias, ciudades y grupos lingüísticos a la llegada de los romanos hacia el siglo II a. C. Los idiomas están por colores: amarillo, indoeuropeo-precelta; blanco, celta; beige, ibero; verde, euskera. Como vemos, el idioma vasco se solapa con el celta (verde claro) y el ibero (naranja), aunque estos testimonios sean más que dudosos. Los puntos azules son las ciudades. (Fuente: Matías Múgica. Los vascones. Gobierno de Navarra. Dpto. de Educación, 2007).

Várdulos: Al este de Navarra, recorriendo toda la muga de norte a sur, se encontraban los Várdulos y un poco más allá los Caristios. Estos dos pueblos ocupaban, básicamente, lo que hoy componen las tres provincias de la Comunidad Autónoma Vasca. Los testimonios literarios o arqueológicos que nos aporten pistas sobre los hábitos y la cultura material de estos dos pueblos son tan limitados en comparación con los del resto de los pueblos circundantes que apenas se pueden extraer conclusiones sobre sus vínculos con los vascones. La lengua de uso común en estas provincias durante el último milenio ha sido el euskera, pero si echamos la vista atrás veremos que la influencia de esta se va diluyendo en favor de la lengua celtíbera. Velaza comenta: “En territorio várdulo y caristio no han aparecido inscripciones en signario epicórico y las inscripciones romanas que conocemos, datables en su totalidad entre mediados del s. I dC y el s. II dC, sólo nos documentan elementos onomásticos incuestionablemente indoeuropeos. La época de la vasconización de ese territorio parece, pues, posterior al s. III” (II, pág. 80).
Vascones, várdulos y caristios han llevado una existencia bastante pareja durante los dos últimos milenios, pero entonces ya fueron separados en conventos jurídicos diferentes (GO3, pág. 87). Por el contrario, la inscripción recientemente redescubierta en el Museo de Londres nos habla de un tribuno romano que había realizado un censo agrupando a las 24 ciudades vascones y várdulas en el s. I (SA1, pág. 137). El motivo, como comentan Beltrán/ Velaza, podría haber sido simplemente por razones pragmáticas y de proximidad (MA, pág. 56).

Si hacemos, como colofón, una comparación del territorio que ocupó la tribu de los vascones con la actual división político-administrativa, habría que hacer un par de aclaraciones al respecto: primero, que si tomamos el etnónimo en el sentido práctico que le otorgaron los romanos para su estructuración del territorio, podemos observar que su geografía se ciñe casi exclusivamente al espacio navarro. Partiendo de este “área nuclear” que supone el actual territorio navarro, se tendrían que ampliar algo las fronteras hacia el este, abarcando Jaca y las Cinco Villas aragonesas, y también hacia el sur, ya que los encontramos asentados en la margen derecha del Ebro, en ciudades como Calahorra y Gracuris/Alfaro. En el noroeste ocuparon también un pasillo que buscaba su puerta hacia el Atlántico en donde se situaba el puerto de Oiasso en el actual Irún. Esto es, grosso modo, lo que nos cuentan las fuentes escritas romanas sobre la extensión de los vascones durante la romanización.
Pero si hacemos caso omiso a las fuentes escritas y nos atenemos al componente lingüístico identitario del grupo étnico que aparece en las inscripciones, la cosa cambia un poco. Nos encontramos aquí con dos importantes focos en donde se muestran antropónimos de origen vasco: uno gira en torno a la ciudad de Andelo y el otro trascurre sobre el eje Sagüesa-SOS, en el ámbito de las Cinco Villas (véase mapa), donde se sitúan hasta diez ciudades romanas (AP4, págs. 181ss), sin incluir la supuesta ciudad de *Barsko sobre la que aquí tratamos y que podría, perfectamente, haber estado en Aragón. Si incluimos la adscripción lingüística de las cecas, el territorio habría que ampliarlo incluso hasta la ciudad de Huesca.
Pasemos a analizar en profundidad la situación real de los vascones durante el Imperio Romano.



[1] Burillo 1997, pág. 352.
[2] Pérez de Laborda 2007, pág. 52.
[3] Villar 1991, pág. 437.
[4] Villar/ Prósper 2005, pág. 446.
[5] Beltrán/ Velaza 2009, pág. 103; Armendáriz 2008, pág. 257.
[6] Tovar 1975, pág. 248.
[7] http://hesperia.ucm.es/consulta_hesperia/numismatica/lengua.php?id=234
[8] Villar/ Fernández 2001, pág. 67; Villar et al. 2011, págs. 129/134; Silgo 2013, pág. 37; Ramírez 1992, pág. 288; Villar 2014, págs. 161/247.
[9] Villar 2014, págs. 159-162/ 222.
[10] Villar/ Fernández 2001, pág. 164. González Ollé 2016, pág. 75. González Ollé realiza en este artículo un excelente resumen de las teorías sobre las etimologías de las ciudades, págs. 67ss.
[11] Villar 2014, pág. 141.
[12] Andreu Pintado 2009, pág. 135.
[13] Beltrán/ Velaza 2009, pág. 101.
[14] Beltrán/ Velaza 2009, pág. 116.
[15] Andreu Pintado 2009, pág. 333?
[16] Andreu Pintado 2008, pág 96
[17] La mayor influencia celta que sufrieron los vascones no fue celtíbera, sino berona. Véase  Burillo en Villar/ Fernández 2001, pág. 67; García-Bellido en Villar/ Beltrán 1999, pág. 213.
[18] Villar/ Fernández 2001, pág. 268.
[19] Tovar 1975, pág. 248.
[20] Villar 2000, pág. 220; Pedrero 2010, pág. 607.
[21] Villar 2000, pág. 321; Villar 1995, pág. 24.
[22] Villar/ Prósper 2005, pág. 128.
[23] Coca 2005, pág. 352. El alargamiento producido por la –g es una voz germánica común burgs ‘fortaleza’, que pasó en el siglo IV al bajo latín burgus con las primeras invasiones germánicas en Europa.
[24] Carrasco 2007, pág. 78.
[25] Villar 2000, pág. 321.
[26] Villar 2000, pág. 320; Ramírez 1992, pág. 288.
[27] Villar/ Prósper 2005, pág. 446.
[28] Canto 1997, pág. 61.
[29] Villar 2000, pág. 321.
[30] Villar 1991, pág. 474.
[31] Villar 2014, pág. 165.
[32] Villar/ Prósper 2005, pág. 203; García Alonso 2006, pág. 95.
[33] García Alonso 2006, págs. 80/96; Villar 2000, pág. 321.
[34] García Alonso 2006, pág. 97.
[35] Jordán en Villar/ Fernández 2001, pág. 456.
[36] Villar 1995, pág. 24.
[37] García Alonso 2006, pág. 96.
[38] Villar/ Prósper 2005, pág. 488.
[39] Villar/ Prósper 2005, pág. 446.
[40] Burillo 1997, pág. 349.
[41] Tovar 1975, pág. 248.
[42] Schulten 1927, pág. 230.
[43] Andreu Pintado 2009, pág. 263.
[44] Schulten 1927, pág. 234.
[45] Andreu Pintado 2009, pág. 282.
[46] Michelena 1969, pág. 397.
[47] García Alonso 2006, pág. 97.
[48] Hubschmid 1969, págs. 175ss.
[49] Villar 1991, pág. 350.
[50] Michelena 1969, pág. 397-401.
[51] Vidal 2014, pág. 117.
[52] Rubio en Villar/ Fernández 2001, pág. 580.
[53] Burillo 1997, pág. 264.
[54] Jordán 2008, pág. 26-27; Ferrer/ Giral 2007, pág. 93; de Bernardo 2006, pág. 52.
[55] Villar/ Prósper 2005, pág. 488. Estos autores identifican Osca con la raíz osk-, incluyéndola dentro de un listado de lexemas indoeuropeos. Véase también Villar 2000, págs. 302-303.
[56] de Hoz 2002, pág. 164-166.
[57] Cartulario de San Juan de la Peña, II, nº 117.
[58] Villar/ Fernádez 2001, pág. 268/276.
[59] Lakarra 2006, pág. 597.
[60] Gorrochategui/ Lakarra 1996, pág. 123.
[61] Villar 2014, pág. 171.
[62] Villar 2014, pág. 217.
[63] Villar 2014, págs. 75ss/83ss.
[64] Canto en Villar/ Fernández 2001, pág. 122.
[65] Villar 2000, pág. 303.
[66] Villar/ Fernández 2001, pág. 275.
[67] Jordán 1998, pág. 269.
[68] Villar/ Fernández 2001, pág. 278.
[69] Canto en Villar/ Beltrán 1999, pág. 339. Recordemos que también Michelena abogaba por una aceptación váscones. Véase nota 44.
[70] Bar- y Burg- tienen la misma etimología, pero Burg- es término germánico que penetró en la península con las invasiones godas en el siglo V.
[71] Canto 1997, págs. 50ss/65; Canto en Villar/ Fernández 2001, págs. 121ss. Para Andreu Pintado 2006 esta propuesta de equiparar Iacca con Castiliscar está poco fundamentada.
[72] Canto en Villar/ Beltrán 1999, pág. 356. Canto también había sugerido antes la posibilidad de que fuera Pamplona (Canto 1997, pág 65), pero parece que después se decanta por Rocaforte.
[73] Belasko 1999, págs. 200/ 254; Belasko 2000, págs. 226/455ss.; Lacasta 1994, págs. 277ss. En Binacua, cerca de Jaca, se encuentran los manantiales de Isabal. Véase Jimeno Jurío TCN-LXIII.
[74] Belasko 1999, pág. 472.
[75] Jordán 1998, pág. 274ss.
[76] Michelena 1997, pág. 99.
[77] Belasko 1999, pág. 252; Belasko 2000, pág. 198.
[78] Belasko 1999, pág. 254.
[79] Belasko 2000, pág. 455.
[80] Véase para ello Pérez de Laborda, F. 2016, apéndice [11.5].
[81] Andreu 2009, pág 136.
[82] López-Mugartza 2007, pág. 71.
[83] Como en Guirguillano > Girgillao, Lazcano > Lazkao
[84] Villar 2014, pág. 20.
[85] Villar 2014, pág. 22/247.
[86] Burillo 1998, pág. 222.
[87] Beltrán/ Velaza 2009, pág. 106.
[88] Beltrán en Villar/ Fernández 2001, pág. 62/73; Pérex Agorreta 1986, págs. 63-69; Beltrán/ Velaza 2009, pág. 125.
[89] Canto 1997, pág. 65.

1 iruzkin:

  1. Lan ona! Zabalduko dut, eta ea iruzkinen bat egiten dizudan, berriz irakurri ondoren!

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